La violencia urbana es hija directa – y dilecta- de la exclusión social, la pérdida de horizontes y metas sociales para los individuos y la anomia que produce el capitalismo librado a su propia (salvaje) lógica. 20 años de economía de libre mercado y destrucción del estado de bienestar han trasformado nuestras grander urbes en verdaderas “junglas de asfalto” mucho más violentas que aquel hermoso policial negro filmado por John Huston en los años ’50. La suplantación de la regulación del estado democrático por las corporaciones y las grandes empresas privadas junto a la desaparición de la política como ámbito de debate y decisión de la “res pública”, y su reemplazo por los grandes conglomerados de “comunicación” que gobiernan la opinión pública son una combinación explosiva que deja a las naciones a merced del gobierno de selectas minorías que detentan el poder económico y mediático, trasformando nuestras democracias en un decorado de cartón tras el cual se encubren los tejes y manejes de los poderosos, y sus intereses. La tematización sistemática de los grandes medios sobre la inseguridad urbana y el delito va más allá del sensacionalismo y la búsqueda de mayores índices de audiencia. Estamos entrando en un período histórico en que la existencia misma del capitalismo está siendo puesta a prueba: su capacidad de producir riqueza y socializarla a la mayoría de la población, para sostener su legitimidad como sistema. El discurso sobre la crisis de seguridad ciudadana apunta a explotar las nociones de “sentido común” o “pensamiento simple” de amplios grupos sociales, que rebasan a las clases medias. Estos individuos y grupos cuya psicología fue dislocada por las sucesivas crisis económicas y sociales son vulnerables a la propaganda demagógica de la “mano dura” y el “discurso del orden” en general. Se trata de una compensación simbólica que ofrece la derecha, a cambio de la seguridad económica que el sistema no puede brindar. De paso, sirve para canalizar la agresividad hacia “chivos expiatorios” y desviarla de su verdadero objetivo: aquellos que condujeron a la nación a una situación desoladora arropados en las banderas del neoliberalismo.
Hillary Clinton acaba de responder que no. En su reciente visita a ese país reconoció – en parte- la responsabilidad que le cabe la los Estados Unidos en la crisis de seguridad que ha generado la lucha del estado mexicano contra los cárteles de la droga.
La tan mentada “guerra” que las fuerzas de seguridad y el ejército están perdiendo contra los empresarios del narcotráfico y sus ejércitos privados, financiados a través del lavado de dinero que realizan a través del sistema financiero internacional “legal”, y de las armas “legales” que compran libremente cruzando el Río Bravo, en los mismísimos Estados Unidos.
Este mea culpa oficial de Washington – con reconocimiento incluido de ser el principal mercado consumidor – viene acompañado de la consabida ayuda militar, que tan nefastos resultados produjera en Colombia. Si se puede hablar de algún éxito de la “Guerra al Narcotráfico” llevada a cabo en ese país sudamericano, es que empujó el negocio – sin eliminarlo – hacia Centroamérica y México.
Y es que la globalización está en las raíces del problema. Ya que el debilitamiento de los sistemas políticos y la regulación estatal sobre las economías trajo como consecuencias el crecimiento de la pobreza, y el fortalecimiento de las organizaciones criminales. Ambas se alimentan mutuamente. Los clientes y los empleados de las mafias y los cárteles del narcotráfico se reclutan en gran número entre los pobres. Estados imposibilitados de garantizar trabajo, educación y salud, junto a fuerzas de seguridad y sistemas políticos corrompidos y cómplices hicieron el resto.
México es un ejemplo sumamente didáctico sobre los efectos que sobre una economía medianamente desarrollada produce la desregulación absoluta y la apertura irrestricta al capital extranjero, en paralelo con la desintegración de las representaciones políticas y sociales tradicionales – sin que surjan nuevas que las reemplacen- , agravado esto por élites cuya mirada está puesta exclusivamente en sus negocios particulares. Sin atreverse a pedir ser siquiera un “Estado Libre Asociado”, se subordinan acríticamente al vecino del norte.
No serán los millones de dólares que Estados Unidos aporte en logística y armamento los que derrotarán a las mafias del narcotráfico, sino una renovación total y profunda de las estructuras políticas y sociales del Estado mexicano.
La sugerencia China de utilizar los Derechos Especiales de Giro del FMI como moneda internacional en reemplazo del dólar refleja algo más que el nerviosismo del país que es principal tenedor de Bonos del Tesoro Estadounidense. Forma parte de la estrategia de posicionamiento chino en función de transformarse en el “Primus inter pares” de un sistema internacional en proceso de reordenamiento.Mirado en perspectiva, la negativa China a avalar las propuestas hechas en la última Ronda de Doha de la Organización Mundial de Comercio está en línea con el pronunciamiento de Zhou Xiaochuan, gobernador del Banco Popular de China respecto del dólar.Ese país junto a la India hicieron fracasar la reunión cuando se pronunciaron en contra de normativas que les obligarían a desproteger su industria, pero también su agricultura. Recordemos que la crisis estaba en ciernes, si bien su “estallido formal” se produjo a mediados de septiembre de 2008.Es que la globalización transformó a los EE.UU. y Europa en países “productores de servicios” mientras que las industrias productivas fluyeron a las superpobladas “naciones emergentes”, proveedoras de mano de obra baratísima al mercado mundial. El resultado es que las multinacionales estadounidenses, europeas y japonesas fomentaron el desarrollo industrial asiático, particularmente el chino, dinamizando sus economías. También las hicieron particularmente dependientes del mercado mundial. Pero con un pequeño detalle: entre ambos países suman el 40 % de la población mundial, con necesidades de consumo altamente insatisfechas. China puede volcarse hacia su mercado interno para compensar, al menos en parte, la disminución de las compras extranjeras.En resumidas cuentas, los países del G-7 necesitan más – en términos relativos – de Rusia, China, India y Brasil, que éstos de los primeros. Y si bien la crisis capitalista más grande desde 1929 va a “dejar el tendal”, no hay que perder de vista que lo que aquí está en juego es la hegemonía internacional.La Primera Guerra Mundial estalló por la puja interimperialista entre las principales potencias del globo, todas ellas capitalistas. Su principal consecuencia fue la revolución en Rusia y el nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. El origen de la Segunda Guerra Mundial puede encontrarse en los rencores de los derrotados de la Primera Guerra, pero fundamentalmente en las devastadoras consecuencias económicas, sociales y políticas del Crack del ’29. La derrota del Eje Nazifacista en 1945 abrió un período de crecimiento económico mundial y avance de las fuerzas progresivas de la historia como la humanidad nunca había conocido. Esta era comenzó su agonía con la crisis de los precios del petróleo de 1973, falleció al comienzo de la contra “Revolución Conservadora” de Tatcher y Reagan en 1979, y tuvo su funeral con la implosión del la Unión Soviética en 1989.La actual crisis capitalista está “cocinando” un giro historio en las relaciones de poder entre las naciones, pero también entre las clases sociales, al interior de cada estado y a nivel internacional. La “pelea de fondo” parece ser entre USA y China. Pero habrá que ver también cómo reaccionarán los cientos de millones afectados por la crisis en cada rincón del planeta.
¿Hasta qué punto la inestabilidad económica de este europeo amenaza la cohesión de la UE?
Los 27 estados miembros de la Unión se reunieron el pasado 1 de marzo en Bruselas para delinear un plan de acción que salve del hundimiento a los países que abrazaron el capitalismo de libre mercado luego de la caída del muro de Berlín en 1989.
El panorama es sombrío, con rasgos de catástrofe que podría asestar el golpe definitivo al sistema financiero del continente, ya que los bancos más importantes tienen cientos de millones colocados en esas naciones “emergentes” tales como Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Serbia, Croacia, Ucrania, Rumania, Bulgaria y Hungría.
La crisis económica mundial golpeó brutalmente a esos países: caída vertical de las exportaciones, fuga de capitales, fin del acceso al financiamiento externo, caída del consumo, devaluaciones brutales. Muchos de sus habitantes están endeudados en “monedas duras”, mientras ven evaporarse sus ingresos ante la licuación del sus monedas locales.
Justamente fue el primer ministro húngaro, Ferenc Gyurcsány quien solicitó, sin éxito, 228.000 millones de dólares en forma de préstamos para salvar a las economías de los socios más recientes de la UE. No es casual que fuera el premier de Hungría, ya que ese país posee una deuda externa equivalente al 100% de su PBI. Tampoco es casual que el veto a una asistencia masiva haya partido de la canciller alemana, Ángela Merkel.
Alemania es miembro más poderoso, y quien más debería aportar a esta asistencia. Por otro lado, Alemania es la más rígida defensora de la ortodoxia económica, los límites al déficit público y las altas tasas de interés.
Añejas aspiraciones – y resentimientos – alimentan las divisiones entre los países “viejos” y “nuevos” en la Unión. La Europa Oriental abrazó mayoritariamente la causa de los Estados Unidos durante los años ’90 hasta el presente, en un movimiento pendular para alejarse del dominio ruso. Siempre fueron vistos por Alemania y Francia como la “quinta columna” estadounidense en el continente. Por otro lado, los grandes capitales de Europa Occidental se beneficiaron con las privatizaciones masivas y la mano de obra altamente calificada – y sumamente barata – lo cual redundó en crecimiento económico y abultados resultados en los balances de los grandes bancos y compañías europeas occidentales.
Hoy los Estados Unidos “apenas puede con su alma”. El presupuesto cuyo voto reclama Obama al Congreso prevé el déficit público más grande de la historia, y el factor económico no es una variable menor en la decisión de retirar las tropas de Irak. La política de distensión con Rusia a partir de la propuesta de reducir recíprocamente los arsenales nucleares va en el mismo sentido. La protección y tutela estadounidense sobre el este europeo ya no será lo que era. De todas maneras, Rusia ya tiene bastante con salvar su economía del derrumbe de los precios del petróleo como para pensar en alguna aventura hegemónica por esos lares.
En concreto, las antiguas aspiraciones alemanas sobre la región, que datan de los tiempos de Federico el Grande, rey de Prusia – más de 200 años…- se ven limitadas por factores económicos. También por la necesidad de atender las demandas de su frente interno, que no saldrá inmune de la crisis.
Pero cabe preguntarse si la Unión Europea sobrevivirá al incipiente renacer de los nacionalismos, con su cuota de xenofobia, que se manifiestan desde hace años en forma virulenta a través de partidos de extrema derecha que tiene un buen número de electores en países como Austria o Francia. Y que se expresa en forma más atenuada a través de liderazgos populistas de derecha como los de Berlusconi o Sarkozy. También a la reacción ultranacionalista que puede producirse en países que abrazaron el credo del libremercado y el europeísmo como la solución a todos sus males, y a los cuales las grandes potencias hoy abandonan a su suerte en el mar embravecido de la crisis capitalista mundial.