La democracia argentina enfrenta los mayores desafíos desde su nacimiento el 10 de diciembre de 1983, pero parece que la dirigencia, los medios de comunicación y la opinión pública todavía no se dieron cuenta.
La actual crisis del sistema capitalista, que puede transformarse en una depresión económica global aún más grave que la iniciada con el crack de Wall Street en 1929 – según opinión de distintos expertos- encuentra al país en una situación particularmente conflictiva en tres frentes: económico, social y político.
Desde el punto de vista económico, el vertiginoso crecimiento de la economía mundial traccionada por China durante los últimos 5 años - y del cual se benefició Argentina gracias a las exportaciones de soja - disimuló la crisis terminal del modelo económico neoliberal basado en la desindustrialización y la apertura absoluta de la economía al capital foráneo. La salida neodesarrollista propuesta y aplicada por Roberto Lavagna consistió en ponerle un parche al modelo, sin cambiar sus piezas maestras. Este “aggiornamiento” fue respetado, en lo fundamental, por el matrimonio Kirchner. Y es aceptado, explícita o implícitamente, por buena parte del arco político.
Las consecuencias sociales directas del neoliberalismo – tan solo mitigadas por la corrección desarrollista- fueron la caída en la pobreza estructural de aproximadamente un tercio de la población – en promedio- durante la última década, junto al empobrecimiento relativo de un importante sector de las clases medias, particularmente las asalariadas. Buena parte de la violencia urbana puede explicarse a partir de generaciones enteras de jóvenes que nacieron y crecieron en la miseria, la marginación y la discriminación.
Desde el punto de vista político, el desmantelamiento del Estado de Bienestar y la implosión del sistema de partidos a partir de la corrupción endógena y la degradación exógena originada en el tratamiento antipolítico que dan ha los hechos políticos ciertos comunicadores y medios de comunicación – el antipoliticismo es un tópico central en la retórica del espectáculo televisivo, y también en la retórica del discurso neoliberal- han dejado a los argentinos un “Estado Bobo” sin capacidad de gestión, junto a un sistema de partidos desnaturalizado. Las organizaciones partidarias ya no son las proveedoras de proyectos colectivos, liderazgos y cuadros de gestión para la sociedad, sino apenas grandes agencias de “empleo público”, en las que los casos de corrupción son moneda corriente. Dependen de candidatos “mediáticos”, generalmente provenientes de ámbitos ajenos a la actividad política como tal: deportistas, estrellas del espectáculo y poderosos empresarios encabezan sus listas. Los cuadros técnicos son provistos por lo “Think Tanks”, generalmente usinas del pensamiento de la derecha ideológica.
En conclusión: una democracia sin partidos políticos y sin Estado. Una economía que comienza a padecer los estragos de la crisis mundial, con un sector industrial relativamente débil; que además depende de los ingresos por exportaciones agropecuarias para mantener su nivel de actividad; a la sazón también dominada por grandes conglomerados monopolistas, en la mayoría de los casos empresas transnacionales. Una situación social explosiva, que se traduce en violencia delictiva sistémica y “microestallidos” sociales permanentes.
Una característica notable de esta coyuntura electoral, lo que la hace en extremo peligrosa para la vigencia misma de la democracia, no como un sistema electoral, sino como un modo de vida en sociedad que implica el respeto de los Derechos Humanos tal cual están definidos en
Contra la crisis de inseguridad urbana sugiere la transformación del Estado de Derecho Constitucional en un Estado Policíaco – respetando ciertas “formalidades” republicanas- Contra la corrupción política, sostiene a candidatos que basaron su – paradójico- éxito político electoral en un discurso “antipolítico”. Contra la crisis económica – originada en el crack la global del capitalismo de libremercado- reducción de impuestos y… “libertad de mercado”.
Cabe recordar que toda campaña electoral es, básicamente, la puesta en juego de discursos diversos y contradictorios – tal es la esencia de la democracia política- que identifican y movilizan a distintos actores sociales, con intereses muchas veces contrapuestos. Jamás debe ser lo que venimos viendo desde hace mucho tiempo: una puesta en escena marketinera bajo las reglas del “Music Hall” y el espectáculo televisivo.
Urge poner en circulación discursos claramente alternativos que en el devenir de esta campaña confronten contra la pretensión de imponer un “discurso único” por parte de algunos comunicadores y medios. Se trata de ganar votos – ganar voluntades- a partir del sano ejercicio de la palabra, la acción y la propaganda netamente políticas.
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