La violencia urbana es hija directa – y dilecta- de la exclusión social, la pérdida de horizontes y metas sociales para los individuos y la anomia que produce el capitalismo librado a su propia (salvaje) lógica.
20 años de economía de libre mercado y destrucción del estado de bienestar han trasformado nuestras grander urbes en verdaderas “junglas de asfalto” mucho más violentas que aquel hermoso policial negro filmado por John Huston en los años ’50.
La suplantación de la regulación del estado democrático por las corporaciones y las grandes empresas privadas junto a la desaparición de la política como ámbito de debate y decisión de la “res pública”, y su reemplazo por los grandes conglomerados de “comunicación” que gobiernan la opinión pública son una combinación explosiva que deja a las naciones a merced del gobierno de selectas minorías que detentan el poder económico y mediático, trasformando nuestras democracias en un decorado de cartón tras el cual se encubren los tejes y manejes de los poderosos, y sus intereses.
La tematización sistemática de los grandes medios sobre la inseguridad urbana y el delito va más allá del sensacionalismo y la búsqueda de mayores índices de audiencia. Estamos entrando en un período histórico en que la existencia misma del capitalismo está siendo puesta a prueba: su capacidad de producir riqueza y socializarla a la mayoría de la población, para sostener su legitimidad como sistema.
El discurso sobre la crisis de seguridad ciudadana apunta a explotar las nociones de “sentido común” o “pensamiento simple” de amplios grupos sociales, que rebasan a las clases medias. Estos individuos y grupos cuya psicología fue dislocada por las sucesivas crisis económicas y sociales son vulnerables a la propaganda demagógica de la “mano dura” y el “discurso del orden” en general. Se trata de una compensación simbólica que ofrece la derecha, a cambio de la seguridad económica que el sistema no puede brindar. De paso, sirve para canalizar la agresividad hacia “chivos expiatorios” y desviarla de su verdadero objetivo: aquellos que condujeron a la nación a una situación desoladora arropados en las banderas del neoliberalismo.
20 años de economía de libre mercado y destrucción del estado de bienestar han trasformado nuestras grander urbes en verdaderas “junglas de asfalto” mucho más violentas que aquel hermoso policial negro filmado por John Huston en los años ’50.
La suplantación de la regulación del estado democrático por las corporaciones y las grandes empresas privadas junto a la desaparición de la política como ámbito de debate y decisión de la “res pública”, y su reemplazo por los grandes conglomerados de “comunicación” que gobiernan la opinión pública son una combinación explosiva que deja a las naciones a merced del gobierno de selectas minorías que detentan el poder económico y mediático, trasformando nuestras democracias en un decorado de cartón tras el cual se encubren los tejes y manejes de los poderosos, y sus intereses.
La tematización sistemática de los grandes medios sobre la inseguridad urbana y el delito va más allá del sensacionalismo y la búsqueda de mayores índices de audiencia. Estamos entrando en un período histórico en que la existencia misma del capitalismo está siendo puesta a prueba: su capacidad de producir riqueza y socializarla a la mayoría de la población, para sostener su legitimidad como sistema.
El discurso sobre la crisis de seguridad ciudadana apunta a explotar las nociones de “sentido común” o “pensamiento simple” de amplios grupos sociales, que rebasan a las clases medias. Estos individuos y grupos cuya psicología fue dislocada por las sucesivas crisis económicas y sociales son vulnerables a la propaganda demagógica de la “mano dura” y el “discurso del orden” en general. Se trata de una compensación simbólica que ofrece la derecha, a cambio de la seguridad económica que el sistema no puede brindar. De paso, sirve para canalizar la agresividad hacia “chivos expiatorios” y desviarla de su verdadero objetivo: aquellos que condujeron a la nación a una situación desoladora arropados en las banderas del neoliberalismo.
1 comentarios:
adolfo la verdad que leí tu nota y estoy totalmente de acuerdo con vos,y la verdad que es hora de que esta situación cambie de una vez por todas pero para bien.
saludos Ricardo Glazman
http://blogs.clarin.com/ricardoglazmanpsico/posts
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