martes 3 de marzo de 2009

Incierto destino para la Unión Europea


¿Hasta qué punto la inestabilidad económica de este europeo amenaza la cohesión de la UE?

Los 27 estados miembros de la Unión se reunieron el pasado 1 de marzo en Bruselas para delinear un plan de acción que salve del hundimiento a los países que abrazaron el capitalismo de libre mercado luego de la caída del muro de Berlín en 1989.

El panorama es sombrío, con rasgos de catástrofe que podría asestar el golpe definitivo al sistema financiero del continente, ya que los bancos más importantes tienen cientos de millones colocados en esas naciones “emergentes” tales como Letonia, Estonia, Lituania, Polonia, República Checa, Eslovaquia, Serbia, Croacia, Ucrania, Rumania, Bulgaria y Hungría.

La crisis económica mundial golpeó brutalmente a esos países: caída vertical de las exportaciones, fuga de capitales, fin del acceso al financiamiento externo, caída del consumo, devaluaciones brutales. Muchos de sus habitantes están endeudados en “monedas duras”, mientras ven evaporarse sus ingresos ante la licuación del sus monedas locales.

Justamente fue el primer ministro húngaro, Ferenc Gyurcsány quien solicitó, sin éxito, 228.000 millones de dólares en forma de préstamos para salvar a las economías de los socios más recientes de la UE. No es casual que fuera el premier de Hungría, ya que ese país posee una deuda externa equivalente al 100% de su PBI. Tampoco es casual que el veto a una asistencia masiva haya partido de la canciller alemana, Ángela Merkel.

Alemania es miembro más poderoso, y quien más debería aportar a esta asistencia. Por otro lado, Alemania es la más rígida defensora de la ortodoxia económica, los límites al déficit público y las altas tasas de interés.

Añejas aspiraciones – y resentimientos – alimentan las divisiones entre los países “viejos” y “nuevos” en la Unión. La Europa Oriental abrazó mayoritariamente la causa de los Estados Unidos durante los años ’90 hasta el presente, en un movimiento pendular para alejarse del dominio ruso. Siempre fueron vistos por Alemania y Francia como la “quinta columna” estadounidense en el continente. Por otro lado, los grandes capitales de Europa Occidental se beneficiaron con las privatizaciones masivas y la mano de obra altamente calificada – y sumamente barata – lo cual redundó en crecimiento económico y abultados resultados en los balances de los grandes bancos y compañías europeas occidentales.

Hoy los Estados Unidos “apenas puede con su alma”. El presupuesto cuyo voto reclama Obama al Congreso prevé el déficit público más grande de la historia, y el factor económico no es una variable menor en la decisión de retirar las tropas de Irak. La política de distensión con Rusia a partir de la propuesta de reducir recíprocamente los arsenales nucleares va en el mismo sentido. La protección y tutela estadounidense sobre el este europeo ya no será lo que era. De todas maneras, Rusia ya tiene bastante con salvar su economía del derrumbe de los precios del petróleo como para pensar en alguna aventura hegemónica por esos lares.

En concreto, las antiguas aspiraciones alemanas sobre la región, que datan de los tiempos de Federico el Grande, rey de Prusia – más de 200 años…- se ven limitadas por factores económicos. También por la necesidad de atender las demandas de su frente interno, que no saldrá inmune de la crisis.

Pero cabe preguntarse si la Unión Europea sobrevivirá al incipiente renacer de los nacionalismos, con su cuota de xenofobia, que se manifiestan desde hace años en forma virulenta a través de partidos de extrema derecha que tiene un buen número de electores en países como Austria o Francia. Y que se expresa en forma más atenuada a través de liderazgos populistas de derecha como los de Berlusconi o Sarkozy. También a la reacción ultranacionalista que puede producirse en países que abrazaron el credo del libremercado y el europeísmo como la solución a todos sus males, y a los cuales las grandes potencias hoy abandonan a su suerte en el mar embravecido de la crisis capitalista mundial.