
El sitio impuesto por el estado de Israel al territorio palestino de la Franja de Gaza ha entrado en la etapa estratégica del asalto a la fortaleza enemiga. Al menos desde los tiempos de la última invasión israelí al Líbano (el paseo militar frustrado por Hezbolah) el estado mayor israelí tiene planificada la ocupación de Gaza y el derrocamiento del gobierno del Hamas, junto a la destrucción de su aparato militar.
Esto no es ninguna novedad. Es parte del plan de la dirigencia israelí que aprovechó e incentivó las divisiones al interior de la comunidad palestina mediante hábiles tácticas desarrolladas desde el asesinato de Isaac Rabin en 1995 y la “muerte” política de los acuerdos de Oslo, que posibilitaron sentar las bases de lo que sería el futuro estado Palestino (justamente la franja de Gaza fue el primer territorio que gobernó oficialmente el mítico líder de la Organización para la Liberación de Palestina Yasser Arafat).
Esta estrategia de la derecha israelí – particularmente la religiosa – fue alimentar el crecimiento de su contrapartida islámica: el Hamas; mientras aislaba política, militar y económicamente a Arafat, encarcelaba a los militantes más consecuentes de la OLP, y alimentaba la ambición y la codicia de los posibles sucesores del jefe de estado palestino, fallecido en un hospital francés víctima de una misteriosa enfermedad – que algunos caratulan como envenenamiento-.
Uno de los objetivos de este plan es la creación de un estado palestino de soberanía limitada – el que actualmente rige en Cisjordania- gobernado por una dirigencia dócil a los designios del stablishment israelí y estadounidense. Cabe recordar que ni Rabín y Arafat eran dos “palomas” precisamente, pero comprendieron, como también lo hizo Bill Clinton, que la fórmula de cambiar “paz por territorios” era una solución conveniente para los tres actores: los palestinos verían nacer su estado nacional, Israel se garantizaría fronteras estables y seguras, los Estados Unidos algo de previsibilidad en ese gran polvorín que es medio oriente.
Los líderes del Hamas y personajes como Ariel Sharon (ideólogo de la masacre en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila) o los halcones de la ultraderecha Republicana estadounidense, como Dick Cheney o Bush jr. tienen en común el fundamentalismo ideológico-cultural-religioso y una concepción militarista de la historia. Para ellos la guerra no es un instrumento de la política (Clausewitz dixit). Por lo contrario, “el fusil” se constituye en el espinazo de la estrategia. El gueto – ese gran muro que el estado de Israel construye sobre los territorios palestinos- o el exterminio – “echar a los judíos al mar”- constituyen sus objetivos finales, verdaderos e inconfesos.
La paz en el Ultser, el fin de casi un siglo de la sangrienta guerra civil entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte demuestra que la paz es posible si hay una acción coordinada de la comunidad internacional, y racionalidad política en los actores locales. Estos dos factores están ausentes en la actualidad del conflicto árabe israelí.
La Argentina junto a los países de la Unión Sudamericana y de Centroamérica, quienes usualmente actúan como bloque en los organismos internacionales, y que durante esta década han sostenido posiciones comunes en defensa de dos de los principios fundacionales de las Naciones Unidas, el de No Intervención, y la vigencia plena de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, deben coordinar acciones de presión sobre el Consejo de Seguridad y los miembros de la Asamblea en pos de un alto el fuego inmediato junto a la urgente intervención humanitaria internacional en Gaza, y el retorno al diálogo diplomático de todas las partes involucradas, sin restricciones de ningún tipo.
El Bloque Latinoamericano tiene el deber y la responsabilidad de promover y participar de todas las decisiones que afecten el destino de la política global. Además de una cuestión de principios, es una forma de que las grandes potencias – viejas y nuevas – nos tomen cada vez más en serio.
Esto no es ninguna novedad. Es parte del plan de la dirigencia israelí que aprovechó e incentivó las divisiones al interior de la comunidad palestina mediante hábiles tácticas desarrolladas desde el asesinato de Isaac Rabin en 1995 y la “muerte” política de los acuerdos de Oslo, que posibilitaron sentar las bases de lo que sería el futuro estado Palestino (justamente la franja de Gaza fue el primer territorio que gobernó oficialmente el mítico líder de la Organización para la Liberación de Palestina Yasser Arafat).
Esta estrategia de la derecha israelí – particularmente la religiosa – fue alimentar el crecimiento de su contrapartida islámica: el Hamas; mientras aislaba política, militar y económicamente a Arafat, encarcelaba a los militantes más consecuentes de la OLP, y alimentaba la ambición y la codicia de los posibles sucesores del jefe de estado palestino, fallecido en un hospital francés víctima de una misteriosa enfermedad – que algunos caratulan como envenenamiento-.
Uno de los objetivos de este plan es la creación de un estado palestino de soberanía limitada – el que actualmente rige en Cisjordania- gobernado por una dirigencia dócil a los designios del stablishment israelí y estadounidense. Cabe recordar que ni Rabín y Arafat eran dos “palomas” precisamente, pero comprendieron, como también lo hizo Bill Clinton, que la fórmula de cambiar “paz por territorios” era una solución conveniente para los tres actores: los palestinos verían nacer su estado nacional, Israel se garantizaría fronteras estables y seguras, los Estados Unidos algo de previsibilidad en ese gran polvorín que es medio oriente.
Los líderes del Hamas y personajes como Ariel Sharon (ideólogo de la masacre en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila) o los halcones de la ultraderecha Republicana estadounidense, como Dick Cheney o Bush jr. tienen en común el fundamentalismo ideológico-cultural-religioso y una concepción militarista de la historia. Para ellos la guerra no es un instrumento de la política (Clausewitz dixit). Por lo contrario, “el fusil” se constituye en el espinazo de la estrategia. El gueto – ese gran muro que el estado de Israel construye sobre los territorios palestinos- o el exterminio – “echar a los judíos al mar”- constituyen sus objetivos finales, verdaderos e inconfesos.
La paz en el Ultser, el fin de casi un siglo de la sangrienta guerra civil entre católicos y protestantes en Irlanda del Norte demuestra que la paz es posible si hay una acción coordinada de la comunidad internacional, y racionalidad política en los actores locales. Estos dos factores están ausentes en la actualidad del conflicto árabe israelí.
La Argentina junto a los países de la Unión Sudamericana y de Centroamérica, quienes usualmente actúan como bloque en los organismos internacionales, y que durante esta década han sostenido posiciones comunes en defensa de dos de los principios fundacionales de las Naciones Unidas, el de No Intervención, y la vigencia plena de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, deben coordinar acciones de presión sobre el Consejo de Seguridad y los miembros de la Asamblea en pos de un alto el fuego inmediato junto a la urgente intervención humanitaria internacional en Gaza, y el retorno al diálogo diplomático de todas las partes involucradas, sin restricciones de ningún tipo.
El Bloque Latinoamericano tiene el deber y la responsabilidad de promover y participar de todas las decisiones que afecten el destino de la política global. Además de una cuestión de principios, es una forma de que las grandes potencias – viejas y nuevas – nos tomen cada vez más en serio.
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