martes 23 de septiembre de 2008

¿ARGENTINA VOLVIÓ AL MUNDO?


En Argentina, la decisión de pagar la porción de la deuda externa que aún se encontraba en default desde diciembre de 2001 ha provocado algunas conceptualizaciones interesantes, expresadas en los titulares de artículos periodísticos publicados en los grandes medios de comunicación, que podrían resumirse en la siguiente expresión: “ARGENTINA VOLVIÓ AL MUNDO”.
Prefiero obviar, para el caso, las consideraciones domésticas sobre porque el gobierno del matrimonio Kirchner, luego de haber resistido por todos los medios abonar la deuda con el Club de París, entidad que nuclea a estados europeos acreedores (unos 4.000 millones de dólares, depende de quien haga la cuenta), y de los “holdouts”, o acreedores externos particulares ( 18.000 millones de dólares más intereses caídos), prefiero concentrarme en la carga ideológica, cultural, económica y política que conlleva la expresión “VOLVER AL MUNDO”.
En lo concreto, lo que supuestamente conseguiría la Argentina abonando estas deudas – ya sea al contado, pero en cuotas, como al Club de París, o con quita de intereses y capital, como a los “holdouts”- es volver a obtener crédito de los grandes bancos internacionales. Justo en el momento en que el sistema financiero mundial se encamina hacia la quiebra, a pesar de que el gobierno de los Estados Unidos, y secundariamente, el Banco Central Europeo, utilizan cientos de miles de millones de dólares del erario público para salvar a las grandes corporaciones financieras de la trampa que ellas mismas fabricaron a partir de la “burbuja” de las hipotecas subprime. Masa monetaria que jamás pensaron invertir en educación, salud, justicia, seguridad, crédito para la producción y generación de empleos dignos para sus ciudadanos menos favorecidos.
Están por verse los reales beneficios que obtendrá la economía argentina con estos pagos en medio del “Tsunami” al que se encamina la economía mundial. Todos los analistas coinciden en que vamos a la crisis capitalista más grave desde el Gran Crack de 1929.
Aún así suena un poco extraño escuchar la expresión “ARGENTINA VOLVIÓ AL MUNDO”, cuando el motor de la economía de ese país son las exportaciones de comodities agropecuarios – fundamentalmente soja- a China e India. Por otro lado, otra de sus fuentes de divisa y generación de empleo es el turismo internacional. Por lo demás, la Argentina participa activamente de las Naciones Unidas – hace un par de años ocupó uno de los asientos no permanentes en el Concejo de Seguridad-, en la Organización de Estados Americanos o la Organización Mundial de Comercio, así como el MERCOSUR.
Excepto que por “MUNDO” entendamos al Grupo de los 7 países más industrializados, a las compañías transnacionales, y la potencia rectora del mundo – hasta ahora-: los Estados Unidos de América. Y que esa concepción del “MUNDO” implique que la filosofía del “libre mercado” sea el dogma que debe ser aceptado y aplicado sin más.
Salta a las claras que si eso es el “MUNDO” en ese “MUNDO” no entran: el resto de América Latina, incluidas dos potencias regionales como Brasil y México; toda África; Rusia y Europa del Este; toda Asia, incluyendo a las dos economías emergentes más grandes del mundo, India y China – esta última nuestro principal comprador-; y por supuesto toda la Oceanía, incluyendo a países como Australia y Nueva Zelanda.
En definitiva, algo más de 4/5 partes de la humanidad, y por lo menos la mitad de la economía planetaria al día de hoy, con fuertes proyecciones de crecimiento para los próximos 20 años.
Al parecer la noción de “MUNDO” que tienen en mente los exegetas del pago a rajatabla de la “Deuda Eterna” se podría definir como aquel integrado por personas que reúnan estas tres características: ser culturalmente europeos, de tez blanca, y ricos. Cualesquiera de los miembros de la especie humana que no reúna, al menos, una de esas tres características – la amplia mayoría no reúne ninguna de las tres- no forma parte del “MUNDO”.
Pero si más del 80% de la humanidad no reúne estas condiciones ¿ a qué “mundo” pertenece?... al “inframundo”, al “submundo”... y entonces, ¿dónde queda el concepto de Globalización Mundial con “un solo mercado, una sola cultura, una sola democracia?” ¿O será que detrás del ideal universalista de la globalización se escondían – se esconden- los valores raciales, económicos y políticos de las añejas, y no tan añejas, potencias que manejaron el mundo durante los siglos XIX y XX?
Hace pocos días, en una entrevista concedida al diario Clarín de Argentina, el presidente brasileño Luis Ignacio “Lula” Da Silva explicaba porque para su país es estratégica la integración con el resto de América Latina, pero también la presencia del espacio del MERCOSUR en África, y por supuesto, en Asia. Allí avizora Lula el futuro del mundo.
Por su parte, el presidente venezolano, Hugo Chávez, declaró ayer desde China, al inicio de una gira internacional que lo llevará a también a Moscú, que “hoy es más importante estar en Pekín que en New York”. Son muchas las diferencias de personalidad, ideología e historia que podemos encontrar entre Lula y Chávez. Pero subyace en ambos una mirada de la cultura, la economía y la geopolítica que tiene mucho más que ver con el mundo de la mayor parte de la humanidad que con el “MUNDO” que reseñan los titulares de la gran prensa.
¿A cuál de los dos “mundos” le conviene pertenecer a la República Argentina?

martes 16 de septiembre de 2008

LA CRISIS DEL CAPITALISMO Y EL CAMBIO DEL PODER MUNDIAL


Finalmente el “lunes negro” de Wall Street parece estar anunciando la crisis económica mundial más profunda desde el “Crack” de 1929. Treinta años de libremercado y globalización económica bajo la batuta del capital financiero parecen conducirnos a aquello que quisieron evitar las potencias vencederas de la Segunda Guerra Mundial cuando crearon las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial: prevenir las nefastas consecuencias de de lo que el economista marxista Ernest Mandel denominó una crisis capitalista de “onda larga”, que por su profundidad y duración dislocara el orden existente.

Es que aquel “viernes negro” de Wall Street a finales de los años ’20 produjo, además de cientos de millones de desocupados y pobres, junto a economías nacionales destruidas, tres fenómenos que viene al caso analizar.

Uno fue la crisis del liberalismo que condujo a la intervención estatal en la economía a partir de la adopción de las teorías desarrolladas por un joven y brillante economista británico, John Maynard Keynes, quien puso su intelecto al servicio de las reformas necesarias para salvar al sistema capitalista.

Pero la ascensión al poder de Adolf Hitler en Alemania demostró que el intervencionismo estatal podía resucitar al capitalismo, pero no necesariamente la democracia. Esta fue otra importante consecuencia: el auge de corrientes políticas que hicieron del ultranacionalismo, el militarismo, el racismo y el anticomunismo exitosos caballitos de batalla electoral.

Mientras tanto al este de Europa, en la Rusia Soviética fundada por Lenin – un lúcido intelectual y político quien pronosticó el fenómeno que hoy conocemos como globalización- , su heredero, el “Zar Rojo” José Stalin, procedía a industrializar el país a paso forzado, produciendo un milagro económico en plena depresión mundial. Milagro construido en base a la tremenda explotación de la mano de obra, el terror policiaco y la paranoia como sistema de gobierno.

Otra fatal consecuencia fue la alineación de las economías en bloques políticos regionales. Cada potencia se cerró sobre su esfera de influencia, tratando de salvar lo suyo, desentendiéndose del mercado mundial. Paradójicamente, esto alimentó las ambiciones geopolíticas en pos de mercados, mano de obra y materias primas a escala planetaria.

Toda esta combinación nefasta condujo a la mayor carnicería de la historia entre 1939 y 1945. El resultado de la Segunda Guerra Mundial fue el fin de la hegemonía de las potencias europeas junto a la emergencia de los Estados Unidos como nación dominante en el sistema internacional, cuya primacía fue contrabalanceada por la URSS, el Campo Socialista y los países del llamado “Tercer Mundo”.

La caída del muro de Berlín y la globalización hicieron creer a la dirigencia estadounidense que podía representar el papel de “Imperio Universal” al estilo romano, utilizando el aparato militar más poderoso de la historia. Para esto contaba con su formidable poderío productivo – la primera economía del mundo – y su rol dominante en la finanzas planetarias que le permitió “vivir de prestado” por más de una década, financiar el consumo y el endeudamiento excesivo de su clase media además de un déficit fiscal explosivo generado por las rebajas impositivas a los ricos y el costo de aventuras militares fallidas, como la ocupación de Irak.

Hoy la realidad parece estar comenzando a pasarle la factura al sueño imperial estadounidense. Una de las paradojas de la globalización es que la economía mundial altamente integrada alimentó el despegue económico de los países llamados “emergentes”: México, Brasil, India, y particularmente, China.

Esta nación es, a la vez, la principal acreedora de los Estados Unidos, su gran proveedor de productos manufacturados y la gran “desafiante al trono”, ya que la renacida Rusia Imperial de Vladimir Putin no puede competir en términos económicos, demográficos y militares con el gigante chino.

Se trata, hasta ahora, sólo de hipótesis. Pero es posible que la recesión a la que se encamina la economía mundial obligue a los dirigentes del PC chino a priorizar el desarrollo de su mercado interno: al menos 2/3 de sus 1.300 millones de habitantes aún no están incorporados al consumo. Esto le permitiría capear el temporal con la suficiente fortuna como para que podamos estar asistiendo al comienzo de un cambio histórico en el “Sistema Mundo”: que el eje del poder mundial pase del océano Atlántico al Pacífico.


lunes 1 de septiembre de 2008

GEORGIA Y EL NUEVO "DESORDEN" DEL SISTEMA INTERNACIONAL


"No podemos volver a las esferas de influencia. Yalta ha quedado atrás".

La frase del presidente francés Nicolás Sarkozy sobre la crisis desatada entre Georgia y Rusia, esconde a la vez una certeza y una contradicción.
La certeza reside en la segunda aseveración. El acuerdo de Yalta fue la arquitectura del concierto de las potencias que seguiría al fin de la Segunda Guerra Mundial. En los hechos, creó el marco y las reglas de juego para el enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Rusia Soviética que fue conocido como “Guerra Fría” – caliente en muchos lugares del globo, como Corea, el Sudeste Asiático, África y América Latina-.
Pero ese juego terminó en 1989. A partir de la caída del Muro asistimos a la emergencia de un nuevo “desorden” internacional, caracterizado por una multipolaridad altamente inestable en términos políticos, y por la vigencia del capitalismo de libre mercado a escala global, también altamente inestable en términos económicos.
La contradicción en la frase de Sarkozy se plantea respecto de las “esferas de influencia”, ese concepto geopolítico por el cual una potencia determina que un determinado espacio regional constituye su “domino exclusivo”. Es verdad que el mundo no puede volver a esa práctica por una sencilla razón: nunca fue dejada de lado.
Resulta más fácil clarificar esto acudiendo a los ejemplos de la historia.
Durante el siglo XIX, los Estados Unidos de América desarrollaron la llamada “Doctrina Monroe”, también conocida como la del “Destino Manifiesto”. En pocas palabras, ella le otorgaba a los americanos (del norte, y oriundos de las primigenias 13 colonias que se independizaron de Inglaterra) la tutela del resto del continente americano, particularmente del Mar Caribe y Centroamérica.
Esta verdad explica la intolerancia hacia un joven Fidel Castro que pretendía gobernar Cuba con plena autonomía, y también su decisión de pasar a la órbita soviética al declarar el carácter socialista de la revolución. Desde ese día hasta hoy los Estados Unidos libran una guerra no declarada contra Cuba y su gobierno. La excusa es el comunismo. La realidad se haya más próxima al concepto de área de influencia.
También durante el siglo XIX se expandió y consolidó el imperio ruso, cuyos territorios abarcaban desde Alaska, en el continente Americano, hasta Polonia, en la Europa Oriental. Lo conformaban una multiplicidad de pueblos de distintas etnias y culturas. Los zares se ocuparon de homogeneizar el imperio a través de la “rusificación” cultural y demográfica.
Georgia, después de haber sido un estado protegido, fue formalmente incorporada al imperio en el año 1800.
La política respecto de las nacionalidades aplicada por Lenin a comienzos de la revolución bolchevique, entre 1918 y 1924, se basó en el principio de la autonomía en el marco de una Federación de Repúblicas Socialistas.
Pero el vencedor de la puja con Trotski por la sucesión de la jefatura revolucionaria, José Stalin - conocido también como el “Zar Rojo” y oriundo de Georgia, paradojas de la historia...- se dedicó a industrializar a la Rusia campesina y atrasada. Para eso consolidó el poder de un partido-estado omnipresente, y continuó la tarea de “rusificación” iniciada por la monarquía aplicando métodos despiadados, como las deportaciones de pueblos enteros para reubicarlos en otras geografías, la colonización por rusos “nativos”, o las ejecuciones masivas.
A la caída de la Unión Soviética se produjo un aluvión de rebeliones autonomistas e independentistas, muchas de ellas alentadas por los Estados Unidos, que alimentó la ilusión de edificar un sistema internacional donde ocuparía el rol de “potencia universal” al viejo estilo del imperio romano.
Pero la realidad dio de trastes con esa fantasía. Surgieron competidores, como China y la India, y hasta los viejos socios como Alemania y Francia cobraron aires de autonomía. Rusia se recuperó gracias a los recursos petroleros y la emergencia de liderazgos nacional- imperialistas. Ni siquiera en el “patio trasero” las cosas están tranquilas: Brasil reclama su lugar en el concierto de las “grandes naciones”.
Para los epígonos de un imperio en decadencia como George Bush, Cuba jamás debió haberse declarado independiente, y mucho menos haber pasado en su momento al bloque socialista. Todavía buena parte de la dirigencia estadounidense sigue bloqueando toda posible normalización de las relaciones de isla con el resto del mundo.
Simétricamente, un nacionalista que pretende reverdecer las glorias del viejo imperio ruso, como Vladimir Putin, jamás tolerará que Georgia pase a la órbita de influencia de los Estados Unidos y la Unión Europea vía su integración a la OTAN. La torpe maniobra del presidente georgiano Mijáil Saakashvili al atacar Osetia del Sur sólo consiguió provocar al “Oso Ruso”, que aprovechó la oportunidad para marcarle la cancha a las potencias occidentales. Además de sus renacidas fuerzas armadas, cuenta con una baza estratégica: es el principal proveedor de gas de Europa.
Más allá de las ampulosas declaraciones del Departamento de Estado y algunos cancilleres y funcionarios de la UE, los georgianos harían bien en recordar el destino de un país vecino: Chechenia.
Esta república de población mayoritariamente musulmana declaró unilateralmente su independencia cuando la desintegración de la Unión Soviética. Libró una primera guerra victoriosa contra las tropas rusas entre 1994 y 1996. Pero en 1999, ya con Vladimir Putin como premier del presidente Boris Yelstin, las cosas fueron bien distintas. Mientras las potencias occidentales derramaban lágrimas de cocodrilo, el ejército ruso, en proceso de reconstrucción, libró una guerra de exterminio contra el gobierno del presidente Aslan Maskhadov y los grupos guerrilleros independentistas, muchos de ellos fundamentalistas islámicos que no respondían a su mando.
Las tropas moscovitas sitiaron la capital chechena, Grozny, que ocuparon a sangre y fuego para instalar luego un gobierno títere. Un protectorado de características similares fue creado por la OTAN al prohijar la independencia de Kosovo.