jueves 7 de agosto de 2008

El "mal ejemplo" boliviano


Excepción hecha de Brasil, y en parte, también de Argentina, el resto de las naciones sudamericanas viven, primordialmente, de sus recursos naturales o la producción agropecuaria. Verbigracia: Chile del cobre, la madera y los frutales. Uruguay de las carnes y la pasta para papel. Venezuela y Ecuador del petróleo. Bolivia, del gas.
En todos ellos el control sobre estos recursos significa, al menos, dos cosas: influencia sobre la conformación de la balanza de pagos, y fundamentalmente, dominio sobre la renta que genera esa exportación.
Si vamos al corazón del conflicto boliviano – corriendo el riesgo de un “reduccionismo economicista”- podemos decir que lo que se disputa es el control sobre la riqueza que genera la explotación y exportación de gas. La nacionalización de esta industria llevada a cabo por el gobierno de Evo Morales tiene el objetivo de sostener en el tiempo la explotación de este recurso y repartir equitativamente sus beneficios entre todos los bolivianos. Si lo está haciendo con eficiencia, o si podrá lograrlo en un futuro, es otro punto de discusión.
Pero si nos detenemos en los últimos acontecimientos que convulsionan a Bolivia de cara al referendo del domingo 10 de agosto, podemos encontrar claros ejemplos al respecto.
Los prefectos de la “Media Luna” (departamentos gobernados por opositores al gobierno del MAS) y representantes de instituciones como los Comités Cívicos, asociaciones empresarias, y etc., han iniciado una huelga de hambre para reclamar por un porcentaje de las rentas hidrocarburíferas que el estado nacional destinó a crear un sistema de pensiones mínimas para los ancianos sin ningún tipo de cobertura económica y social, junto a un plus para los ya jubilados. En total serán 800.000 los beneficiarios de esta iniciativa denominada “Renta Dignidad”.
Lo cual llevaría a pensar que debajo de las reivindicaciones regionalistas se esconde el afán de rapiña de una alta burguesía acostumbrada a vivir en un país en donde la miseria de la mayoría es una cuestión “naturalizada” por siglos. Así como el racismo.
Por otro lado, un enfrentamiento entre mineros y las fuerzas de seguridad se cobró la vida de dos trabajadores. La Confederación Obrera de Bolivia (COB) movilizaba a sus bases en reclamo de una ley que reemplace el sistema de jubilaciones privadas, herencia de los gobiernos neoliberales. Las autoridades han planteado una transición a un sistema intermedio, pero la COB reclama una transformación inmediata.
A raíz de estos graves incidentes, Jaime Solares, secretario de la central obrera – antiguo adversario ideológico y personal del presidente – acusó al gobierno del MAS de ser un “agente del imperialismo”. La respuesta no se hizo esperar, y desde el ejecutivo se acusó a Solares de ser cómplice de la desestabilización golpista llevada adelante por la “oligarquía”.
Entre algunas fuerzas de izquierda bolivianas – y algunas latinoamericanas- existen dudas sobre las cualidades revolucionarias de Evo y su gobierno. Pero resulta claro que las fuerzas de derechas locales – y también las continentales – no tienen dudas respecto de que el éxito de un proceso “heterodoxo” en términos económicos, que utiliza al estado como palanca de administración de la producción de un bien estratégico y de la redistribución de la riqueza generada por este, es una herejía cuyo “mal ejemplo” no debe propagarse.

martes 5 de agosto de 2008

¿Cómo sigue el MERCOSUR?


La fallida Ronda de Doha puede haberle hecho mucho más daño al MERCOSUR de lo que a simple vista parece. La grieta abierta por el cambio de postura de Brasil, que votó con los países desarrollados y contra sus socios históricos, los “emergentes”, agiganta la brecha ya existente con su principal socio sudamericano, la Argentina.

En los últimos 7 años, los del relanzamiento del acuerdo aduanero para transformarlo en un espacio regional económico y político, hubo múltiples desavenencias entre los socios, mayoritarios y minoritarios. Son harto conocidas las protestas de Paraguay, y los amagues de Uruguay por “cortarse solo” ante el displicente trato de los “hermanos mayores”: el conflicto por las pasteras fue el clímax de un increíble enfrentamiento entre argentinos y orientales.

Pero esta fisura, menos espectacular, es, probablemente, de tipo estratégico. Obedece, como bien han señalado varios analistas, al creciente peso de Brasil en la economía mundial, y a la importancia que está adquiriendo la agroindustria en las exportaciones brasileñas.

Lo que han sido poco explorados son los alineamientos estratégicos de la política exterior de Lula. Que son los que, en definitiva, determinarán las opciones de acuerdos, o desacuerdos, con Argentina, Venezuela y el resto de los países sudamericanos.

El énfasis puesto por quien fuera líder de los trabajadores metalúrgicos y fundador del partido de izquierda más votado del mundo en Latinoamérica, y su buena relación personal con líderes como Hugo Chávez y Fidel Castro, no nos debe hacer perder de vista que durante sus años de mandato como presidente continuó con la política exterior que Itamaratí viene desarrollando, casi sin solución de continuidad, desde mediados del siglo pasado.

Fue Getulio Vargas, el astuto caudillo que manejó durante casi tres décadas la política brasileña, quien advirtió el cambio de hegemonía mundial que traería el resultado de la segunda guerra mundial. Prestamente mudó de sus simpatías por el EJE, a ser el aliado más confiable de los Estados Unidos en Sudamérica. Lo cual no significó, en lo más mínimo, que los gobiernos brasileños – civiles o militares- no mostraran posiciones diferenciadas de los Estados Unidos en cuestiones puntales, vistas como intereses nacionales propios por las élites brasileñas.

La clase dominante del Brasil se dedicó durante la segunda mitad del siglo XX a construir una potencia industrial sobre la base del poderío agrícola y su numerosa población, que le proporcionaba abundante y barata mano de obra. El desarrollismo fue la ideología dominante en los estratos intelectuales, a tal punto que los conceptos del desarrollo atravesaron a la sociedad brasileña de arriba abajo, y de derecha a izquierda.

Es la desordenada multipolaridad del siglo XXI, y el aprovechamiento de sus “economías de escala” en el escenario mundial de la globalización económica lo que le permite a Brasil alimentar pretensiones conocidas desde antaño, como el obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Seamos sinceros. Todos los movimientos de Lula respecto del resto de los países sudamericanos pueden ser leídos como un servicio que presta Brasil a los Estados Unidos custodiando el “Patio Trasero”, mientras la ex superpotencia queda con las manos libres para defenderse de los embates a su alicaído liderazgo que le propinan China, Rusia, y quizás ahora también, la India.

¿Y que mejor que un hermano mayor para preservar los intereses del añejo panamericanismo estadounidense?

Esto no quiere decir que Lula sea un “lacayo del Imperio”. Es el presidente de una potencia regional que está por entrar a jugar en las ligas mayores, y que se sienta a negociar, desde posiciones de fuerza, y a partir de lo que considera sus propios intereses, con la mayor potencia económica y militar del mundo, además aún hegemónica en el hemisferio occidental (nos guste o no).

Estos son los datos de la realidad. Y a partir de allí la Argentina tendrá que definir claramente cuales son sus intereses, y que puede seguir obteniendo del MERCOSUR, el UNASUR y la Unión Sudamericana.

Quizás esto signifique, en lo coyuntural, un enfriamiento del proceso de integración, en el que, visiblemente, Argentina no está obteniendo las ventajas que esperaba.

Porque en política, y particularmente en política internacional, se comunica mucho más con los hechos – consumados – que con las palabras o las sonrisas para la foto.