jueves 24 de abril de 2008

Rebelión en la granja


El avispero está revuelto en el “Granero del Mundo”. Productores rurales de la pampa húmeda argentina, una de las zonas agrícolas más productivas del mundo, han lanzado un paro, o lock out, que incluye cortes de rutas, una práctica habitual entre distintos actores sociales desde hace una década en este país.
La novedad es la combatividad de los pequeños productores rurales, quienes protagonizan los “piquetes”, que se hallan, paradójicamente, asociados a los grandes terratenientes, a pesar de las contradicciones que los enfrentan.
Este frente agropecuario unido se reforzó ante el último aumento de las retenciones llevado a cabo por el gobierno de Cristina Kirchner. Las retenciones son un impuesto a las ganancias extraordinarias de la cadena agropecuaria, producto de la constante alza de los precios de los alimentos en el mercado internacional. Las retenciones son un ingreso importante del fisco, que el gobierno utiliza muy discrecionalmente. Pero también evitan que los consumidores internos paguen los alimentos a valor internacional.
Aún así, la inflación, impulsada fundamentalmente por los alimentos, está carcomiendo los ingresos de los argentinos, pero particularmente, de los que menos tienen, que son quienes más gastan, proporcionalmente, en alimentarse.
Un detallado e interesante artículo publicado por el diario Crítica da cuenta de que, a pesar de las manipulaciones del gobierno sobre el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la inflación real, particularmente de los alimentos, ha sido de entre el 30 al 40% durante los pasados 12 meses, lo cual está comenzando a malograr la salida de la pobreza y la recuperación salarial producto de la tasa de crecimiento al 8% anual del PBI.
La dureza del enfrentamiento entre el gobierno y los productores agropecuarios, pequeños, medianos y grandes, obedece, sólo en parte minoritaria, a cuestiones ideológicas.
Lo que está en disputa es la renta diferencial producto del aumento de los valores internacionales de los comodities agropecuarios, un dinero extra, que, bien empleado, puede ayudar a la recuperación de la estructura productiva y la reconstrucción social de la castigada argentina.
Pero lo fundamental de la pelea en la coyuntura es que la inflación de los precios alimentarios a nivel interno está privando a un tercio de los argentinos, los más pobres y castigados por la crisis del 2001, a la subalimentación, vulnerando un derecho social básico. De más está decir que estos grupos sociales, según se vio por el resultado de las últimas elecciones, son la base social histórica del Partido Justicialista, y quienes le dieron la victoria al matrimonio Kirchner.
Lo preocupante no es tanto la ceguera política del ex presidente y su esposa, que entre marchas, contramarchas, contradicciones, internas entre ministros, patotas sindicales y enfrentamiento con los medios está tensando la cuerda, quizás, más de lo conveniente.
Lo preocupante es que pueda llegar a estar generándose en Argentina una sociedad de “Tres tercios”.
Un tercio “de arriba” sectores de clase media-alta y alta, beneficiados por el modelo de acumulación basado en el dólar alto, las exportaciones agropecuarias y el desarrollo industrial, y, paradójicamente, hipercrítico del gobierno, desde posiciones notoriamente conservadoras en lo social y político.
Otro tercio, de clases medias y medio-bajas, beneficiado por la recuperación económica, que simpatizaba – o no veía hostilmente- al gobierno K, pero al que la inflación, ciertos rasgos verticalistas y autoritarios en el gobierno, y sonados casos de corrupción, están aproximando a las propuesta electorales más conservadoras, como las del empresario Mauricio Macri, o las de una líder progresista que cada vez coquetea más con el centro derecha, como Elisa Carrio.
Y un tercer sector, el proletariado más castigado y socialmente excluido, el que no pudo, o apenas pudo, salir de la pobreza, y al que la inflación y las presiones del campo estarían condenando a la subalimentación.
Cabe preguntarse si entre la carencia de un proyecto político claro por parte de la administración Kirchner, y las posiciones ultraconservadoras de los sectores más acomodados de la sociedad, queda espacio para una democracia que garantice los derechos sociales, económicos y culturales de la mayoría de los argentinos, empezando por los que menos tienen.

El poeta y el vigilante


Leopoldo Lugones fue uno de los mas grandes poetas de la Argentina, y probablemente, de América Latina. Como muchos intelectuales de su tiempo, el cruce entre los finales del siglo XIX y las dos guerras mundiales, durante su juventud adhirió a la causa socialista, y durante los años ’20 pasó a las filas del fascismo y el golpismo militar. Es famoso su discurso de 1924, titulado, precisamente, “La hora de la Espada”, en el que ensalza el cesarismo militar y anticipa, de alguna manera, la restauración oligárquica que significó el golpe de estado que el 6 de septiembre de 1930 derrocó al primer presidente electo por voto universal, Hipólito Irigoyen. Ese cuartelazo fue encabezado, y no por casualidad, por el General Uriburu, un notorio simpatizante de Benito Mussolini.
El hijo varón de Leopoldo Lugones no fue dramaturgo ni poeta. “Polo” Lugones fue un comisario conocido como notorio torturador del régimen conservador que se instauró en la Argentina durante la década del ’30. Finalmente, la nieta de don Leopoldo, “Pili” Lugones, se sumó a la organización “Montoneros”, y fue víctima de la dictadura militar, desaparecida en 1978.
Esta verdadera metáfora de la Argentina que es la historia de los Lugones parece reflejada en la tapa de los diarios de este jueves 24 de abril. Mientras uno de los mayores poetas de habla hispana, Juan Gelman, argentino hijo de inmigrantes judíos, militante de izquierda, padre de desaparecidos, recibía el premio Cervantes de las manos del mismísimo Rey de España, la Cámara de Diputados de la Nación Argentina votaba, prácticamente por unanimidad, el desafuero del electo diputado Luis Patti, justamente un comisario retirado de la policía de la Provincia de Buenos Aires investigado por la justicia ante firmes sospechas de haber participado de la represión ilegal durante el período 1976-83.

jueves 10 de abril de 2008

Nueva crisis en Haití: ¿Paradojas de la globalización?


Quizás las primeras víctimas de la zozobra del sistema financiero planetario generada por la crisis de las hipotecas en los Estados Unidos sean los habitantes del estado más pobre, inestable y violento de América Latina: Haití.

Es que el vertiginoso aumento de los alimentos y el combustible durante las últimas semanas generaron una protesta popular que el día 4 de abril se cobró 5 vidas. Saqueos de comercios, ataque a un cuartel de la Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (Minustah), una fuerza plurinacional enviada para garantizar las elecciones luego de la última crisis política que le costó el puesto al presidente Jean Bertrand Aristide.

De ese cuestionado proceso, que comenzó con la intervención unilateral de los Estados Unidos y Francia, resultó electo en el 2006 René Preval, a quien hoy multitudes enardecidas le exigen la renuncia.

El representante de las Naciones Unidas para Haití culpó al alza mundial del precio de los alimentos y del petróleo por el estallido de las protestas y el retorno a la inestabilidad política. Es que gracias a las políticas de liberalización aplicadas de acuerdo a las viejas recetas del Fondo Monetario Internacional, esa nación pasó del autoabastecimiento a importar el 80% de lo que comen los haitianos, quienes en su mayoría subsisten con menos de 2 dólares diarios.

Es que las turbulencias provocadas por el crack de los bancos inmobiliarios norteamericanos se está extendiendo gradualmente a todo el sistema, lo que lleva a los inversores internacionales a buscar refugio en valores más seguros, como el oro, el petróleo – que ya superó la barrera de los 110 dólares por barril – o los comodities agropecuarios, como la soja y el maíz.

Esta coyuntura de la economía internacional favorece a los países productores agropecuarios o hidrocarburíferos, pero perjudica a las naciones pobres que no puede abastecer a su propio mercado – EE.UU. y Europa se autoabastecen alimentariamente a partir del sistema de subsidios y restricciones arancelarias que le permite a sus productores sobrevivir a la competencia de la producción latinoamericana o asiática-.

Según el último informe del FMI la crisis financiera ya produjo pérdidas por casi un billón de dólares, y amenaza con una recesión para los Estados Unidos, y una seria limitación al crecimiento de la economía mundial.

Es materia de debate entre los economistas en qué grado afectará al mundo una crisis financiera global generada en el centro mismo del sistema. Si la economía China acusa el golpe – los consumidores estadounidenses son los principales compradores de manufacturas chinas- la demanda de energía y productos agropecuarios bajaría, generando enormes fluctuaciones, con una cierta tendencia a la baja.

Lo cual no mejoraría sustancialmente el nivel de vida de Haití, pero aproximaría y cientos de millones de habitantes de distintos países al nivel de vida de los haitianos. Sin descartar un escenario similar al de la crisis de los años ’30, que combinaba la superproducción con el subconsumo: demasiados productos en el mercado, salarios demasiado bajos – lo que se traduce en demasiados pobres- para poder consumirlos.