jueves 6 de marzo de 2008

Uribe, Chávez, la Democracia y los Derechos Humanos


Si hay algo que ha quedado comprobado, una vez más, en la escalada verbal, política y militar entre los gobiernos de Colombia, Ecuador y Venezuela, es que la Carta de las Naciones Unidas, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Carta de la OEA son poco menos que papel mojado.

La teoría, pero fundamentalmente la práctica de la Guerra Global contra el Terrorismo en cualquier “teatro de operaciones”: las montañas afganas, la selva colombiana, la mesopotamia iraquí, por citar algunos ejemplos, son la continuidad de la vieja Doctrina de la Seguridad Nacional y su producto directo, el Terrorismo de Estado.

La respuesta de muchas fuerzas insurgentes, o de resistencia, es el empleo de prácticas terroristas – generalmente atentados, pero también secuestros, y otras acciones de “propaganda”, extorsión o asesinato en masa de civiles-. Aún estados opositores a la “hegemonía imperial” de los Estados Unidos no trepidan en practicar el terror y las prácticas genocidas cuando conviene. La “pacificación” de Chechenia, comenzada por Boris Yelstin y culminada por su heredero Vladimir Putin constituye una guerra total de exterminio hacia la población chechena en función de eliminar todo vestigio de separatismo.

Los independentistas chechenos son musulmanes. Los iraníes también, (aunque chiítas) pero aquí no vale la religión, sino los intereses geopolíticos. Por eso Rusia “protege” a Irán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Lo mismo vale para los Estados Unidos y la Unión Europea: mientras condenan a Hamas, Hezbolah o el régimen iraní, impulsan la independencia de Kosovo, un microestado de amplia mayoría musulmana. O sea que hay musulmanes “buenos” o “malos”, de acuerdo a la conveniencia. Lo que deja muy mal parado a Samuel Huntinton y su teoría del “Choque de Civilizaciones”.

En el caso latinoamericano que nos convoca, la coyuntura se desencadena a partir de las gestiones iniciadas para conseguir la liberación de cientos de rehenes retenidos por las FARC, pero fundamentalmente de una, la ex candidata presidencial y ciudadana franco colombiana Ingrid Betancourt.

En las páginas de este blog se ha reseñado el origen y la historia de las FARC en el marco de una larvada guerra civil que se viene desarrollando en Colombia desde hace 60 años. También el estado de situación, hasta hace pocos meses.

Podríamos entrar en consideraciones geoestratégicas y táctico militares sobre la base del Plan Colombia, el Plan Patriota y su contra elaboración estratégica venezolana, el planteo de la Guerra Asimétrica. Serán motivo de un artículo específico.

Lo que me interesa iluminar es el flaco papel que cumplen las instituciones de la Democracia, los Derechos Humanos, y hasta el Derecho Internacional para los dos bandos en juego, aunque particularmente para hunos más que para otros, de ser honestos.

Me explico. Uribe tiene perfectamente asumidas todas y cada unas de las banderas de la “Cruzada Antiterrorista”. En consonancia con George Bush, sostiene, casi abiertamente, que las violaciones a los DD.HH. y al Derecho Público Internacional son “daños colaterales”, males necesarios en pos de un objetivo de “vida o muerte”: la extinción total del enemigo terrorista.

De aquí la preferencia, siempre, por las opciones militares, antes que las pacíficas y diplomáticas.

El heterogéneo bloque que se le enfrenta abiertamente en América Latina, encabezado por Venezuela y Cuba, e integrado por los gobiernos de Nicaragua, Ecuador y Bolivia, tiende, en mayor o menor medida, a justificar prácticas condenables, como las de las FARC, en función del enfrentamiento con el imperialismo, y las necesidades de los débiles contra los poderosos.

Hay que reconocer que este bloque es heterogéneo ideológicamente: no es lo mismo Evo Morales que Rafael Correa, a su vez estos difieren notoriamente de Daniel Ortega, y los regímenes de Hugo Chávez y Fidel Castro, a pesar de sus similitudes retóricas, todavía son bastante distintos.

Pero estos tres últimos, quizás por su pasado militar (dos comandantes guerrilleros, un coronel del ejército), tienen una fuerte propensión a analizar los escenarios políticos con categorías militares. Similar “virtud” podemos encontrarla en dos civiles sumamente “militaristas” como George Bush y su vice, el “halcón” Dick Cheney. Y por supuesto, en el otro civil que nos convoca, Álvaro Uribe.

Y aquí podemos complejizar el análisis adentrándonos en ciertas categorías de tipo ideológico, o al menos, de construcción del discurso político. Para el gobierno de los Estados Unidos, y también para amplios sectores de sus capas dirigentes, la Democracia es identificada con la vigencia de la “libertad de mercado” y las libertades individuales consagradas por esta. Los derechos sociales y económicos cumplen un rol muy secundario (casi inexistente) en su doctrina.

Difícil es definir que piensan de la democracia los diversos actores que componen el espacio del ALBA. En el caso Cubano, sería una forma burguesa superada por un estadío superior, el socialismo (o más estrictamente comunismo de estado, o capitalismo de estado, según la definición de algunos trotskistas o anarquistas). En el caso de Chávez, su planteo de “Socialismo del Siglo XXI”, sumamente difuso, pareciera navegar entre un sistema de economía mixta con fuerte presencia estatal, más un partido hegemónico en el sistema político, o la imitación, en muchos aspectos, del viejo modelo estalinista aplicado en Cuba.

Ortega, Correa y Morales parecen seguir caminos y definiciones propias, de acuerdo a sus trayectorias personales y realidades nacionales, particularmente los dos últimos. En los hechos, parecen más próximos a aceptar la convivencia entre formas de democracia representativa y democracia directa, gestión colectiva de áreas estratégicas de la economía en paridad con el capital privado nacional, o extranjero.

Estos países hacen una acérrima defensa del Derecho Internacional, violado sistemáticamente por los Estados Unidos, y en el caso del asesinato del comandante de las FARC Raúl Reyes, violado por las FF.AA. y la policía de Colombia. La incursión de tropas extranjeras en Ecuador fue justamente condenada por la OEA... pero no mucho más que eso. El acto de Terrorismo de Estado llevado adelante por el gobierno de Uribe quedó al margen de toda condena, por presiones de los Estados Unidos. Paralelamente, el presidente Hugo Chávez calificó a Reyes como un heroico combatiente revolucionario. Teniendo en cuenta que actualmente las FARC son una estructura político militar que se financia con el narcotráfico, aplica tácticas de terror sobre la población rural colombiana, al igual que los hacen el Ejército y los paramilitares, y además mantiene secuestrados a una buena cantidad de rehenes políticos, la frase del presidente Chávez es, al menos, poco feliz.

Párrafo aparte merece las denuncias contra los gobiernos de Ecuador y Venezuela realizadas por un comandante de la policía colombiana sobre la base de los contenidos hallados en la computadora personal del segundo jefe de las FARC. Pueden ser verdad o no, pero huelen a la típica “carne podrida” que los servicios de inteligencia venden, muchas veces con éxito, a periodistas y medios de comunicación.

La diplomacia latinoamericana, encabezada por Brasil, Argentina y Chile, ha podido contener, hasta ahora, el desarrollo de la crisis, y su escalada hacia la confrontación bélica.

Pero cabe recordar que lo que aquí está en juego es el consenso sobre vigencia de la Democracia y los Derechos Humanos que en Centro y Sud América hemos venido construyendo durante los últimos 20 años, después de la retirada de las dictaduras genocidas que asolaron a muchos de nuestros países bajo la égida doctrinaria de la Doctrina de la Seguridad Nacional, herramienta de dominación de los Estados Unidos hasta el fin de la Guerra Fría.

No podemos permitir que ese consenso sea roto por George Bush. Pero debemos hacer entender, particularmente a Venezuela, que pertenecer a Latinoamérica es ser parte de ese consenso.