martes 19 de febrero de 2008

La herencia de Fidel Castro


La no aceptación de los cargos de Presidente del Consejo de Estado y Comandante en jefe comunicada a sus compatriotas y al mundo por Fidel Castro a través del diario Granma significan la oficialización de un proceso de sucesión que se inició el mismo día en que se decidió su internación por problemas de salud.

Visto en retrospectiva, y más allá de los riesgos y la incertidumbre por la enfermedad, resulta un proceso previsto de “traspaso de mando” por parte de Fidel a buena parte de la vieja guardia revolucionaria. Al menos en principio. Pues lo que se puede avizorar para un futuro, tal vez no muy lejano, sea una transición a una generación de dirigentes del Partido Cubano, entre los 40 y 55 años. Y también, algún proceso de flexibilización, apertura y autocrítica del régimen, siempre dentro del modelo político de partido único y economía centralmente planificada.

A pesar de todas las limitaciones que padece la sociedad cubana, el respaldo de la mayoría de la población al liderazgo de Fidel Castro evidente. Lo que parece estar haciendo el Comandante es preparar el terrero para preservar la obra de su vida ante la perspectiva cierta de su desaparición física.

Las consecuencias en el ámbito continental y mundial de este proceso son, hasta cierto punto, imprevisibles. Tan imprevisibles como el futuro de la política interior de los Estados Unidos, la evolución de la crítica situación en Oriente Medio, y el balance de fuerzas entre las “viejas potencias” y las “potencias emergentes” como China, la India y Brasil.

lunes 18 de febrero de 2008

Por que Obama puede ser presidente de los Estados Unidos


El liderazgo de Barack Obama es el emergente de la “crisis de identidad nacional” que atraviesa la sociedad estadounidense, y que George W. Bush intentó saldar, infructuosamente al parecer, con la Guerra Global Contra el Terrorismo y las invasiones a Afganistán e Irak.
El fin de la Guerra Fría no significó, como lo esperaba la elite dirigente de los Estados Unidos y buena parte de su población, la etapa de la consolidación de la hegemonía estadounidense con su credo de democracia, derechos humanos y economía de libre mercado.
El mundo se transformó en un lugar inseguro, inestable y amenazante, producto, precisamente, de la anomia del sistema político internacional fruto del fin de la bipolaridad, y de una globalización económica conducida por el capital financiero que debilitó las economías desarrolladas y devastó vastos territorios de la periferia del sistema capitalista.
Pero lo peor fue que hubo elites dirigentes de países antaño periféricos, o potencias de “segundo orden”, que sacaron velozmente pragmáticas lecciones del proceso de globalización, tomando para sus proyectos de estado nación lo que les resultaba útil, y desechado lo que no.
China, la India y Brasil abrieron sus economías al mercado mundial, pero preservando la presencia del estado en la economía como garantía de que el proceso de desarrollo conservaría un control endógeno.
Hoy esos países “heterodoxos” comienzan a disputar espacios en la primera línea del poder mundial, junto al G8 y la renacida Rusia. Simultáneamente, el “American Way of Life” o la “cultura McDonals”, si lo prefieren, que estaba destinada a cautivar al mundo, resultó duramente cuestionada.
Así como los países emergentes reclaman protagonismo, las culturas “diferentes” exigen su reconocimiento en pie de igualdad. La teoría del “choque de civilizaciones” se parece cada vez más a un gigantesco ejercicio intelectual de “negación y proyección” al mejor estilo de los diagnósticos freudianos.
Para colmo de males, las prácticas económicas neoliberales terminaron golpeando al corazón de la sociedad estadounidense. Primero, a la clase trabajadora, a través de la deslocalización de empresas, que llevó las plantas fabriles a otros países con mano de obra más barata; esto, sumado al salto tecnológico, generó desocupación estructural y tendencia de los salarios a la baja.
Luego, a la clase media, que disfrutó de la bonanza de las burbujas financiera e inmobiliaria, hasta que esta última estalló hace pocos meses. Ahora, ambos grupos sociales reclaman lo que perdieron con la Revolución Conservadora de Ronald Reagan y George Bush padre: la protección de un estado que garantice el trabajo, el salario, la vivienda, la salud y la educación básica.
Ese sentimiento de pérdida de su “lugar en el mundo” que aqueja a muchos norteamericanos, blancos de clase media, blancos pobres, afroamericanos, latinos, mujeres y hombres, fundamentalmente jóvenes, es al que interpela el discurso de Obama.
Discurso que se coloca por encima de la dicotomía “Liberals vs. Coservatives” para pronunciarse por el rescate de los Estados Unidos de América como concepto. Un discurso de raíces nacionalistas e implícitamente imperialista -al estilo norteamericano-: el de la expansión hacia el oeste de las Trece Colonias y la doctrina del presidente Monroe, la del “Destino Manifiesto”.
Pero enmarcado en un contenido social – que se conjuga con la actual crisis económica – y participativo, conjugando con las viejas tradiciones federalistas y radicales de algunos de los Padres Fundadores; con un aire roosveltiano a New Deal y un toque de clan Kennedy, todo en la línea más tradicional del Partido Demócrata.
Obama puede ser – o no – sepultado por la maquinaria del partido en el cual milita, maquinaria que hasta ahora venía manejando con mano maestra el matrimonio Clinton, y que al parecer, Barack está tratando de seducir.
Aunque finalmente obtenga la nominación Demócrata, Obama puede ser vencido por el candidato republicano más taquillero – aunque no para sus correligionarios, quienes lo aceptan como un mal menor- John McCain, si George Bush jr. le hace un favor de último minuto y poco tiempo antes de la elección del 4 de noviembre produce un giro dramático en los acontecimientos -como un ataque sobre Irán- que cambie el eje del debate público en la sociedad estadounidense desde la crisis socioeconómica a la Guerra Contra el Terrorismo. O si alguna célula fundamentalista “dormida” le hace el “favor” de algún otro atentado, aunque no sea de tanta envergadura como el que destruyó las Torres Gemelas.
Aún así, el fenómeno Obama es digno de ser tenido en cuenta y examinado con atención, tanto por lo que le da origen, como por lo que produciría en la política interna e internacional si finalmente llega a la Casa Blanca.

Kosovo independiente: ¿nación o protectorado?


La independencia de Kosovo es, en definitiva, el formato jurídico estatal para un enclave estratégico militar de la OTAN.

La muerte del Mariscal Tito, y luego la caída del Muro de Berlín abrieron la Caja de Pandora en los Balcanes.
Fue la reunificada Alemania, bajo la conducción de la derechista CDU quien apañó y alentó “soto voce” a los nacionalistas croatas en su iniciativa de secesión de la República de Yugoslavia, acción que desataría la guerra civil entre las nacionalidades, las matanzas, las limpiezas étnicas – de las que participaron, en mayor o menor medida, todos los bandos- y finalmente, la desintegración de la unidad estatal que el líder de la lucha antifascista contra la ocupación alemana había logrado mantener enfrentándose al mismísimo José Stalin – o quizás, gracias a ese enfrentamiento-.
La Yugoslavia que participó en la década del `50 en la fundación del Movimiento de Países No Alineados, junto a la India de Nehru y al Egipto de Nasser; el país socialista que llegó a combinar un grado de desarrollo y bienestar para su población llamativo dentro de la Europa Oriental, lo cual lo llevó a ser objeto de estudio tanto para simpatizantes como para adversarios ideológicos; esa nación se desintegró durante la última década del siglo XX en un baño de sangre que, por acción u omisión, manchó las manos de varias grandes potencias.
El accionar de la superpotencia militar global, los Estados Unidos, bajo el paraguas institucional de la ONU, logró controlar, relativamente, el genocidio que estaban practicando los distintos actores bélicos, particularmente el más poderoso regionalmente, Serbia.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte, es decir, las potencias de Europa Occidental y Norteamérica se convirtieron en los árbitros de la región, ante una debilitadísima Rusia en proceso de transición violenta al capitalismo. Las tropas de la OTAN garantizaron la hegemonía occidental en la región, funcional a varios intereses.
Para los Estados Unidos, fue y es parte de su estrategia de Gendarme Mundial para mantener durante el siglo XXI la hegemonía en el sistema internacional que obtuvo a partir de 1945.
A los miembros fundadores de la UE les garantizaba una cierta estabilidad en una región históricamente explosiva. Pero para la derecha alemana resultó una tentación resucitar – en los hechos, no así en los dichos- el proyecto de la “Gran Alemania” que incluye desde siempre el domino sobre Europa Oriental. Su histórico rival, Rusia, se encontraba en ese entonces en proceso de disolución como estado plurinacional – o imperio, depende del punto de vista-.
Por eso los “malos de la película” resultaron ser los nacionalista serbios, aliados históricos de Rusia. Y no porque no sean ciertas las aberraciones genocidas cometidas por las tropas serbias. Sino porque no resultaron funcionales a los estados del pacto atlántico.
La minoría musulmana de Kosovo fue devastada, y no fue exterminada y expulsada por completo gracias a la presencia de tropas extranjeras. Uno de los pocos casos que se conoce de preocupación del “occidente ilustrado” por el mundo “bárbaro musulmán”.
Como bien señalan las crónicas periodísticas, la Kosovo independiente es un estado inviable económicamente, gobernado por bandas mafiosas vinculadas al tráfico de armas y drogas que asumen la bandera nacionalista como tapadera para sus actividades. Actividades que son toleradas por los Estados Unidos y sus socios, en función de una “estrategia de contención” para la “bestia rusa”.
Justamente el presidente Ruso, Vladimir Putin, ha reaccionado como cabía esperar, rechazando enérgicamente la independencia kosovar. Putin es un “Gran Ruso”, que agita la bandera nacionalista y el sentimiento de gran potencia para captar el favor de sus conciudadanos, y lo logra con inusitado éxito.
No se diferencia demasiado del ímpetu nacional imperialista – casi al estilo del siglo XIX- que cultivan personajes como George Bush o Nicolás Sarkozy. Los chechenos, víctimas de una auténtica limpieza étnica llevada a cabo por las tropas rusas para ahogar su independentismo – y tan musulmanes como los kosovares- pueden dar testimonio de la “amplitud de criterio” de las tropas enviadas por Boris Yelstin, primero, y mantenidas por su sucesor Vladimir Putin hasta el presente.

miércoles 13 de febrero de 2008

La estrategia de "aislar al enemigo principal"


Una política de la administración Bush hacia América Latina

La reunión del embajador de los Estados Unidos, Earl Anthony Wayne, con la presidente Cristina Fernández de Kirchner fue a su vez el corolario, y un síntoma, de una compleja carambola a varias bandas en un partido que se viene jugando entre la diplomacia estadounidense, por un lado, y Brasil, Argentina y Venezuela, por el otro.

El “apartamiento” de nuestro país respecto del proceso que sigue la justicia de Miami a los involucrados en el llamado “Caso Antonini Wilson”, parece dar la razón a los voceros del gobierno, y también a unos cuantos analistas independientes, que vieron una cierta influencia de la Casa Blanca en las líneas argumentales del fiscal a cargo, quien aseveró que los 800.000 hallados en la tan mentada valija estaban destinados a financiar la campaña de la actual mandataria argentina. Esta influencia tendría por objetivo lograr un cierto grado de distanciamiento de la gestión Kirchner respecto del presidente Hugo Chávez.

Hoy sabemos que la misma fiscalía ha decidido desarrollar otras líneas de investigación, en las que sólo estaría involucrado el estado venezolano. También el Departamento de Estado ha hecho conocer, “off the record”, que la voluntad de recomponer relaciones con la Casa Rosada va de la mano de contener, primero, y aislar, después, al gobernante de la República Bolivariana, a quien el gobierno de George Bush (h) ve como la gran amenaza (o la enorme piedra en el zapato) en el continente americano.

La “normalización” de las relaciones de la Argentina con los Estados Unidos, que incluyen una próxima visita a nuestro país del Subsecretario para Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, Tomas Shannon, así como un viaje del Canciller Taiana a la capital norteamericana, son el resultado de charlas que, con muy bajo perfil, venían realizando funcionarios de la Casa Rosada con miembros de la representación estadounidense para aproximar posiciones.

Como en toda negociación, seguramente se hicieron concesiones mutuas, que, en el mundo de la diplomacia y la política internacional, se conocen casi siempre por los hechos, mucho más que por los dichos. Esta reconciliación facilitará el lanzamiento de la política exterior que tenía planificada Cristina Fernández desde las épocas de campaña, y que incluye, simultáneamente, el fortalecimiento de la alianza con Brasil, así como una relación más fluida con los Estados Unidos de América y la Unión Europea. El condimento económico de estos lineamientos diplomáticos no es menor: los Kirchner se proponen afianzar, durante este segundo período, el crecimiento económico argentino a partir del aumento de las inversiones extranjeras.

Para eso buscan “hacer buena letra”, sin caer en la sobreactuación, y sin descuidar el MERCOSUR como ámbito de decisión estratégica. Pero necesitan resolver cuestiones como los 6.000 millones de dólares de deuda en default con el Club de París, la institución que agrupa a los acreedores europeos. El gobierno pretende evitar el monitoreo del FMI, paso reglamentario previo para renegociar esta deuda caída. Para ello, necesita de la colaboración de Estados Unidos.

Hugo Chávez parece haber tomado nota de los acontecimientos. Recordemos que en el ínterin, entre el 10 de diciembre, asunción de Cristina Fernández, y el 31 de enero, fecha del encuentro entre la presidente y el embajador, sucedió nada menos que el episodio de la liberación unilateral por parte de las FARC de dos rehenes, muy importantes por su peso político específico, y también por la carga mediática del hecho. La tirantez entre el presidente colombiano, Álvaro Uribe, aliado estrecho de los Estados Unidos, pero particularmente incondicional de George Bush (h), y el presidente venezolano Hugo Chávez, adversario de los Estados Unidos, pero particularmente enemigo de Bush y su equipo, se hizo más que evidente.

Pero si hacemos una lectura profunda de las duras declaraciones hechas por el venezolano contra su par de Colombia, que incluyen la acusación de generar un conflicto bélico “por mandato del Imperio”, podemos construir la hipótesis de que tales acusaciones son una reacción a la política de aislamiento diplomático que viene llevando Washington respecto de Caracas.

También, al entrecruzamiento de la política exterior de Hugo Chávez, construida a partir de dos visiones que, a veces son complementarias, pero otras, resultan contradictorias. Por un lado, el gobierno afirma la pertenencia de Venezuela al continente americano, y esto no sólo por razones de “ideología bolivariana”, sino por un estricto análisis de orden geopolítico, que se desprende de la ubicación de Venezuela en el mapa.

Por otro, una mirada más vinculada a lo económico- estratégico- militar: la “Geopolítica del Petróleo”, que está en el origen del conflicto por el control de las fuentes energéticas a escala planetaria, una de las razones que llevó a los Estados Unidos a ocupar Irak ignorando a las Naciones Unidas y violando todas las normas del derecho internacional.

Básicamente, lo que une a países tan disímiles por su historia como Rusia, Irán y Venezuela es el común denominador de ser grandes productores de hidrocarburos, y realizar un aprovechamiento de los mismos en función de lo que cada uno de los gobiernos o regímenes imperantes define como sus “intereses nacionales”. Líderes de tan variada personalidad, trayectoria e ideología como Vladimir Putin, Majmud Ahmadineyad y Hugo Chávez coinciden en enfrentar la agresiva política exterior del presidente George Bush (h), fundada, según sus ideólogos, en la Guerra Global contra el Terrorismo.

Esta “doble pertenencia” de Venezuela, país latinoamericano e importante miembro de la OPEP, es lo que lleva a Chávez a enfrentarse a los Estados Unidos, y buscar, simultáneamente, alianzas estratégicas con Argentina y Brasil, en el continente, y con Rusia e Irán, en el mundo.

Aquí es donde entra en el análisis, finalmente, la potencia emergente sudamericana del siglo XXI: Brasil, novena economía del mundo, casi 200 millones de habitantes, extensa y variada geografía, poderoso desarrollo industrial, fuerte producción agrícola, Fuerzas Armadas sólidas, conservadoras, pero con una mirada geopolítica que desconfía de la tutela estadounidense.

La administración de Lula viene jugando un doble rol en función de las aspiraciones que tuvo la política brasileña durante todo el siglo XX. Esto es, convertirse en el líder de las naciones latinoamericanas, y desde ese lugar, sentarse a la mesa de las grandes potencias que definen el destino del planeta.

Por ende el Planalto intenta, no siempre con éxito, jugar el papel de bisagra entre los reclamos latinoamericanos y el “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos de América. Papel en el que muchas veces no queda claro si trata de contener las aspiraciones latinoamericanas, o las norteamericanas. De todas maneras, sabido es que un mediador inteligente puede llevarse casi siempre “la mejor tajada de la torta”. La oferta de Bush a Lula respecto del negocio de los biocombustibles es un claro ejemplo al respecto.

Es a partir de este análisis que conviene interpretar la oferta de Lula a Uribe respecto de conformar un grupo de mediación con las FARC para conseguir la liberación de los 500 rehenes retenidos en las selvas colombianas. La propuesta se enmarca en una estrategia, que incluye a Cuba, en la persona de Fidel Castro, para tender puentes de diálogo entre Álvaro Uribe y Hugo Chávez.

Y es que el gobierno de Brasilia puede ser (o no...) un “buen amigo” de la Casa Blanca. Pero no tiene ningún interés en que se desate un conflicto bélico entre naciones sudamericanas. Y mucho menos, en tener a los marines estadounidenses estacionados a pocos kilómetros de sus fronteras.

martes 5 de febrero de 2008

¿Un millón de muertos en Irak?


Cientos de miles de iraquíes murieron a raíz de la ocupación estadounidense y la consiguiente guerra civil desencadenada por la licuación de Irak como estado nación. Pero las decisiones de la administración Bush se vuelven, casi 5 años después, también contra su propio país, a partir de la recesión que comienza a afectar su economía, y en la que el elevadísimo precio del petróleo junto a la incertidumbre que genera en los operadores financieros globales la prolongación indefinida de la guerra cumplen un importante papel.

Según una investigación llevada a cabo por la encuestadora británica Opinion Research Business (ORB) y el Independent Institute for Administration and Civil Society Studies (IIACSS), posiblemente 1.033.239 personas perdieron la vida a raíz de la ocupación militar de Irak por las tropas estadounidenses y sus aliados.

Ambas instituciones dieron a conocer el pasado 31 de enero los resultados del análisis de las respuestas obtenidas a través de 2 mil 414 entrevistas efectuadas a iraquíes mayores de 18 años, a quienes se les preguntó si tenían algún familiar muerto a consecuencia de la ocupación extranjera.

Según el comunicado de ORB, “el análisis detallado (que se encuentra disponible en nuestro sitio web: http://www.opinion.co.uk/Documents/New%20Casualty%20Tabs.pdf) indica que más de dos quintos de los hogares de Bagdad han perdido a un miembro de la familia, proporción más alta que en cualquier otra zona del país. Mientras tanto, entre quienes están dispuestos a declarar su doctrina religiosa (y por razones obvias, bastante cerca de la mitad de los entrevistados prefieren simplemente describirse a sí mismos como musulmanes) los hogares sunnitas (33%) fueron significativamente más propensos a decir que el conflicto se ha cobrado la vida de un habitante del hogar. La cifra respectiva constituye la mitad para los shiítas (16%)”.

Por otro lado el 9 de enero de este año la Organización Mundial de la Salud informaba que “la ONU y el gobierno de Irak estimaron hoy que más de 150.000 iraquíes murieron como consecuencia de la violencia en ese país entre marzo de 2003 y junio de 2006. Este cálculo se basa en una amplia encuesta nacional de hogares destinada a desarrollar y actualizar políticas y planear servicios de salud”.

Según el informe, uno de los autores del estudio, Mohamed Ali, experto de la OMS en estadísticas, “señaló que en ausencia de registros amplios de estas muertes, así como de partes hospitalarios, las encuestas en los hogares son lo único que queda para aproximarse a esas cifras”.

Sin embargo, destacó que los resultados deben ser interpretados con cautela. “Por ejemplo, en el periodo entre marzo de 2003 y junio de 2006 estimamos que hubo 151.000 muertes violentas en Irak, con un rango de incertidumbre de entre 104.000 y 223.000 muertes violentas”, explicó Ali.

Hace dos años tuvo amplia difusión un estudio publicado en la también británica y prestigiosa revista científica The Lancet, que estimaba en 655.000 los muertos por el conflicto, también utilizando la metodología de encuestas en áreas urbanas y rurales.

Todas estas cifras, provisionales y estimativas, además de aterradoras y escandalosas de por sí, fueron rebatidas por el Departamento de Estado de los Estados Unidos. Los funcionarios de la Casa Blanca son más cautos. Basan sus relevamientos sólo en las cifras de víctimas publicadas en los medios de comunicación. Sus números comienzan en 30.000.... lejos del millón que estima la británica Opinion Research Business...pero que quintuplica la cantidad de soldados norteamericanos muertos en Irak.

Un capítulo aparte merece la situación de la economía iraquí, a la que, se supone, alguna vez habrá que reconstruir. Un somero pero informativo reporte, además de detallar la geografía, historia y evolución política del país, señala la prosperidad de su economía a finales de la década del ’70, y el comienzo de su desplome a raíz de la sangrienta guerra que sostuvo contra el Irán de los Ayatolaes en los años ’80. Cabe acotar que el informe del gobierno de los Estados Unidos omite señalar como una de las causas del bélico que desangró a ambos países – sin resultados favorables para ninguno de los contendientes- el interés de las potencias occidentales en “contener” a la revolución islámica. Tampoco relata como esas mismas potencias alentaron a Saddam Hussein, brindándole apoyo económico, armas y hasta laudatorias notas periodísticas en las que se lo mencionaba como el “Robespierre” del medio oriente. publicado por el propio gobierno de los Estados Unidos a fines de febrero de 2003 (semanas antes de la invasión)

Podemos agregar que la debacle económica se acentúa luego de que Saddam Hussein decide invadir Kuwait en 1991, con el objeto de resarcirse de las fabulosas pérdidas económicas y humanas originadas en la guerra anterior, adueñándose del petróleo kuwaití. Pero “Roma no paga traidores”: ni los Estados Unidos, ni la UE ni Rusia (en aquel entonces Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas- en desintegración- y en transición a la actual Federación Rusa) toleraron esta flagrante violación a la carta de las Naciones Unidas (y a los límites que imponen los estados más poderosos): la Primera Guerra del Golfo consistió en una invasión de las tropas coaligadas bajo el paraguas de la ONU, que alentó la rebelión de los kurdos en el norte, y de los shiítas en el sur de Irak.

George Bush padre, por ese entonces presidente norteamericano, obtuvo una vertiginosa victoria militar. Aún así no ocupó Bagdad, ante el temor de que se produjera lo que sucedió cuando su hijo invadió y ocupó Irak en el 2003: la desintegración del estado nacional iraquí, el estallido de una guerra civil, y la desestabilización general de Medio Oriente.

Lo que hicieron Bush padre, y luego Bill Clinton durante sus dos mandatos fue sostener un bloqueo total sobre Irak, sólo aliviado por el programa de las Naciones Unidas “Petróleo por alimentos”.

Aislado políticamente, debilitado militarmente, quebrado económicamente, el Irak de Saddam Hussein sólo podía constituirse en una amenaza formal. Cada vez más impopular entre la población – particularmente entre los kurdos a los que reprimió cruelmente, pero también entre los chiítas- Saddam sobrevivió gracias al apoyo del ejército, la burocracia del partido-estado, y un formidable aparato represivo. Y fundamentalmente, por el temor de las potencias occidentales a Irán.

Hasta que su suerte se terminó, cuando Bush hijo y su equipo de “revolucionarios dentro de la revolución conservadora” decidió que había llegado la hora de reconfigurar la geopolítica de la región en función de los intereses de las grandes corporaciones transnacionales de origen estadounidense.

La guerra de Irak y la recesión de la economía estadounidense

Si bien muchos analistas señalan los motivos económicos que llevaron a la ocupación de Irak, fundamentalmente, los intereses petroleros, ya en el año 2003 el Fondo Monetario Internacional advertía sobre los riesgos que entrañaba para la economía mundial la posibilidad (luego concretada en los hechos) de que la ocupación norteamericana no fuera un paseo triunfal, sino una sangrienta guerra neocolonial de resultados más que inciertos. El Fondo marcaba dos peligros específicos: una escalada en los precios del petróleo, y la incertidumbre prolongada en los mercados mundiales que generaría la falta de resolución rápida de la guerra. En esa hipótesis, las consecuencias serían duras para la economía estadounidense y también para el funcionamiento del sistema económico global.

El analista internacional Paul Isbell, en un excelente trabajo con características – desgraciadamente – anticipatorias, fechado el 12 de marzo del 2003 y titulado “Aspectos económicos de la guerra en Irak”, explicaba que si el conflicto bélico no se resolvía en los primeros 6 meses, los riesgos de recesión para la economía estadounidense se concretarían fatalmente, como finalmente ocurrió.

Isbell explica como los Estados Unidos viven, desde la década del ’90, en una espiral de consumo financiada con crédito externo y déficit público creciente, mientras la economía real no adquiere dinamismo como para respaldar con bienes reales el consumo ficticio. El autor marca específicamente cuáles son los tres factores que, combinados, pueden hacer entrar en crisis la economía norteamericana, y afectar a la economía mundial.

Uno es la suba desproporcionada de los precios del petróleo – lo que finalmente se concretó-. Otro es el aumento del déficit fiscal por los costos directos e indirectos de la guerra – que también ocurrió -. Finalmente, la explosión de la burbuja inmobiliaria generada a partir del crédito hipotecario barato y fácil – lo que también sucedió-.

Los dos primeros factores fueron alimentados por la administración Bush (hijo), y contribuyeron a la generación del tercero. En la ilusión militar y geopolítica de un paseo por Irak, sumado a una posterior guerra con Irán que provocaría la implosión del régimen islámico, los “halcones” condujeron a su país a un callejón sin salida militar, política, y finalmente, económica, de consecuencias internas y externas imprevisibles.

Por ahora, y en la emergencia, George Bush, pragmáticamente, reniega en los hechos del credo neoliberal y toma medidas keynesianas para intentar frenar la recesión en ciernes, como bajar las tasas de interés e inyectar dinero en la economía.

Mientras tanto, se guarda el as en la manga del bombardeo nuclear táctico sobre Irán, con la excusa de los supuestos fines bélicos del plan nuclear iraní (hasta ahora no comprobados). Esta “fuga hacia delante”, sólo puede contribuir a acentuar la inestabilidad del sistema político y económico mundial.

Una excelente forma de tratar de apagar el fuego...arrojando combustible.