
“El hecho es que la prensa internacional voceó infinitamente el "hallazgo". Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales, reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los Hombres abarrotaron y siguen abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría con apariencia de orden -el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el nazismo- para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la realidad también está ordenada. Quizá lo esté, pero de acuerdo a leyes divinas -traduzco: a leyes inhumanas- que no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los hombres”.
Del cuento de Jorge Luis Borges “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”
En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, Borges describe la conspiración de una logia que durante años escribe una enciclopedia que contiene la descripción de un planeta imaginario, con el objetivo – finalmente obtenido – de reemplazar la historia y la cultura humanas existentes hasta ese momento por la historia y la cultura de Tlön.
Los efectos de sentido del discurso – de cualquier discurso-, la controversia “materialismo+racionalismo” vs. “idealismo+irracionalismo”, son puestas en juego a través de la trama de un cuento cuya estructura tiene mucho del género del enigma policial, pero cuyo desenlace no es el descubrimiento del asesino – al estilo Ágata Cristie – sino el ¿sorprendente? Final en que todo un universo simbólico es gradualmente reemplazado por otro. Y en esa mutación los medios tienen un papel fundamental.
El cuento fue escrito en un tiempo en que la televisión era casi experimental. Internet una utopía de ciencia ficción. El Estructuralismo estaba en sus inicios, la Escuela de Frankfurt recién ponía a circular el concepto de “industria cultural”, y el paradigma en las investigaciones sobre “mass media” comenzaba a girar sobre la sociología estructural funcionalista y la “Teoría de los efectos”.
Sin embargo, Borges se anticipa a las teorías sobre el “Imaginario Social” y la “Construcción de la realidad” por los Media. Y va un paso adelante: afirma que la verosimilitud de un discurso se encuentra en la propensión de la gente a creer en el mismo. Y hasta se permite una explicación sobre esta última actitud: está en realidad directa con la necesidad psicológica de comprensión y de búsqueda de sentido – del mundo, de la propia existencia- que tiene el ser humano.
Borges se anticipó 60 años a la sociedad capitalista globalizada postmoderna, en la que las viejas instituciones socializadoras como la familia, la escuela y el sindicato han están siendo desplazadas – y reemplazadas- por los medios de comunicación social, particularmente por aquellos “fríos” al decir de Mc Luhan. Más específicamente por su vanguardia, internet y la web 2.0, que está posibilitando crear verdaderas “realidades virtuales” – paradoja lógica, ya que ¿cómo puede ser virtual lo real?...- a partir de la interconectividad y la creación de lenguajes multimediales que combinan la imagen, el sonido y la escritura.
En nuestro siglo los media producen los lenguajes, ya no solo los discursos, que, como el imaginario “Tlön”, han dado por tierra con los pilares filosóficos de la modernidad: la existencia de una realidad factible de conocer a partir de un proceso de objetivación material, racional y empírico. En la era científico-tecnológica, el idealismo viene ganando la partida.
Es que el periodismo ya no es – si alguna vez lo fue- la posibilidad de informar – y por ende conocer – con “objetividad” los acontecimientos relevantes en la vida de una comunidad, una nación, y el mundo. Y no sólo porque los conceptos de objetividad y relevancia encierran nociones valorativas.
El relato periodístico, cada vez más, es generado a partir de “reglas de formación discursiva” que obedecen no a la lógica de la existencia material de las relaciones sociales entre las personas, sino a la conformación de las propias lógicas de producción de los media como industria de producción de contenidos que obedecen a la lógica del raiting y el marketing.
Construcciones estas, a su vez, arbitrarias e ideológicas, pero rodeadas de un último halo de “verdad” seudocientífica.
Por eso un periodismo que hoy busque contar la Verdad – así, con mayúscula- no debería retroceder a la búsqueda de una objetividad perdida, que quizás jamás haya existido, y que de todas maneras fue devorada por la historia.
El mismo Borges nos da una punta para inventarnos un camino hacia esa Verdad. En el prólogo a “La invención de Morel” de su amigo Adolfo Bioy Casares, don Jorge Luis arremete contra la afición del siglo XX por la novela “psicológica” y reivindica el relato de peripecias. “La novela de aventuras en cambio, no se propone como una trascripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva del Asno de Oro, de los Siete viajes de Simbad o del Quijote, le impone un riguroso argumento”.
Y en esto cifra su segundo argumento favorable: la primacía de la trama. Continúa diciendo Borges: “Las ficciones de índole policial – otro género típico de este siglo que no puede inventar argumentos- refieren hechos misteriosos que luego justifica e ilustra un hecho razonable; Adolfo Bioy Casares, en estas páginas, resuelve con felicidad un problema acaso más difícil. Despliega una Odisea de prodigios que no parecen admitir otra clave que la alucinación o que el símbolo, y plenamente los descifra mediante un solo postulado fantástico pero no sobrenatural”.
El relato de los medios es un relato sin trama. O con una trama tan endeble que – al estilo de la novela psicológica – carece de consistencia hasta la inverosimilitud. Pero como la novela psicológica, tiene pretensión de ser realista. Da un paso más: construye su propia “realidad virtual” psicótica, en la que los hechos no se explican. Simplemente, suceden.
Sólo un relato construido a partir de la progresión de una trama, del “suspense” como lo definiera Alfred Hitchcock en la entrevista que le realizó Francois Truffaut, puede dar cuenta, desde lo simbólico, de la vida como realmente existe, del devenir humano.
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