Finalmente el “lunes negro” de Wall Street parece estar anunciando la crisis económica mundial más profunda desde el “Crack” de 1929. Treinta años de libremercado y globalización económica bajo la batuta del capital financiero parecen conducirnos a aquello que quisieron evitar las potencias vencederas de la Segunda Guerra Mundial cuando crearon las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial: prevenir las nefastas consecuencias de de lo que el economista marxista Ernest Mandel denominó una crisis capitalista de “onda larga”, que por su profundidad y duración dislocara el orden existente.
Es que aquel “viernes negro” de Wall Street a finales de los años ’20 produjo, además de cientos de millones de desocupados y pobres, junto a economías nacionales destruidas, tres fenómenos que viene al caso analizar.
Uno fue la crisis del liberalismo que condujo a la intervención estatal en la economía a partir de la adopción de las teorías desarrolladas por un joven y brillante economista británico, John Maynard Keynes, quien puso su intelecto al servicio de las reformas necesarias para salvar al sistema capitalista.
Pero la ascensión al poder de Adolf Hitler en Alemania demostró que el intervencionismo estatal podía resucitar al capitalismo, pero no necesariamente la democracia. Esta fue otra importante consecuencia: el auge de corrientes políticas que hicieron del ultranacionalismo, el militarismo, el racismo y el anticomunismo exitosos caballitos de batalla electoral.
Mientras tanto al este de Europa, en la Rusia Soviética fundada por Lenin – un lúcido intelectual y político quien pronosticó el fenómeno que hoy conocemos como globalización- , su heredero, el “Zar Rojo” José Stalin, procedía a industrializar el país a paso forzado, produciendo un milagro económico en plena depresión mundial. Milagro construido en base a la tremenda explotación de la mano de obra, el terror policiaco y la paranoia como sistema de gobierno.
Otra fatal consecuencia fue la alineación de las economías en bloques políticos regionales. Cada potencia se cerró sobre su esfera de influencia, tratando de salvar lo suyo, desentendiéndose del mercado mundial. Paradójicamente, esto alimentó las ambiciones geopolíticas en pos de mercados, mano de obra y materias primas a escala planetaria.
Toda esta combinación nefasta condujo a la mayor carnicería de la historia entre 1939 y 1945. El resultado de la Segunda Guerra Mundial fue el fin de la hegemonía de las potencias europeas junto a la emergencia de los Estados Unidos como nación dominante en el sistema internacional, cuya primacía fue contrabalanceada por la URSS, el Campo Socialista y los países del llamado “Tercer Mundo”.
La caída del muro de Berlín y la globalización hicieron creer a la dirigencia estadounidense que podía representar el papel de “Imperio Universal” al estilo romano, utilizando el aparato militar más poderoso de la historia. Para esto contaba con su formidable poderío productivo – la primera economía del mundo – y su rol dominante en la finanzas planetarias que le permitió “vivir de prestado” por más de una década, financiar el consumo y el endeudamiento excesivo de su clase media además de un déficit fiscal explosivo generado por las rebajas impositivas a los ricos y el costo de aventuras militares fallidas, como la ocupación de Irak.
Hoy la realidad parece estar comenzando a pasarle la factura al sueño imperial estadounidense. Una de las paradojas de la globalización es que la economía mundial altamente integrada alimentó el despegue económico de los países llamados “emergentes”: México, Brasil, India, y particularmente, China.
Esta nación es, a la vez, la principal acreedora de los Estados Unidos, su gran proveedor de productos manufacturados y la gran “desafiante al trono”, ya que la renacida Rusia Imperial de Vladimir Putin no puede competir en términos económicos, demográficos y militares con el gigante chino.
Se trata, hasta ahora, sólo de hipótesis. Pero es posible que la recesión a la que se encamina la economía mundial obligue a los dirigentes del PC chino a priorizar el desarrollo de su mercado interno: al menos 2/3 de sus 1.300 millones de habitantes aún no están incorporados al consumo. Esto le permitiría capear el temporal con la suficiente fortuna como para que podamos estar asistiendo al comienzo de un cambio histórico en el “Sistema Mundo”: que el eje del poder mundial pase del océano Atlántico al Pacífico.
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