lunes 1 de septiembre de 2008

GEORGIA Y EL NUEVO "DESORDEN" DEL SISTEMA INTERNACIONAL


"No podemos volver a las esferas de influencia. Yalta ha quedado atrás".

La frase del presidente francés Nicolás Sarkozy sobre la crisis desatada entre Georgia y Rusia, esconde a la vez una certeza y una contradicción.
La certeza reside en la segunda aseveración. El acuerdo de Yalta fue la arquitectura del concierto de las potencias que seguiría al fin de la Segunda Guerra Mundial. En los hechos, creó el marco y las reglas de juego para el enfrentamiento entre los Estados Unidos y la Rusia Soviética que fue conocido como “Guerra Fría” – caliente en muchos lugares del globo, como Corea, el Sudeste Asiático, África y América Latina-.
Pero ese juego terminó en 1989. A partir de la caída del Muro asistimos a la emergencia de un nuevo “desorden” internacional, caracterizado por una multipolaridad altamente inestable en términos políticos, y por la vigencia del capitalismo de libre mercado a escala global, también altamente inestable en términos económicos.
La contradicción en la frase de Sarkozy se plantea respecto de las “esferas de influencia”, ese concepto geopolítico por el cual una potencia determina que un determinado espacio regional constituye su “domino exclusivo”. Es verdad que el mundo no puede volver a esa práctica por una sencilla razón: nunca fue dejada de lado.
Resulta más fácil clarificar esto acudiendo a los ejemplos de la historia.
Durante el siglo XIX, los Estados Unidos de América desarrollaron la llamada “Doctrina Monroe”, también conocida como la del “Destino Manifiesto”. En pocas palabras, ella le otorgaba a los americanos (del norte, y oriundos de las primigenias 13 colonias que se independizaron de Inglaterra) la tutela del resto del continente americano, particularmente del Mar Caribe y Centroamérica.
Esta verdad explica la intolerancia hacia un joven Fidel Castro que pretendía gobernar Cuba con plena autonomía, y también su decisión de pasar a la órbita soviética al declarar el carácter socialista de la revolución. Desde ese día hasta hoy los Estados Unidos libran una guerra no declarada contra Cuba y su gobierno. La excusa es el comunismo. La realidad se haya más próxima al concepto de área de influencia.
También durante el siglo XIX se expandió y consolidó el imperio ruso, cuyos territorios abarcaban desde Alaska, en el continente Americano, hasta Polonia, en la Europa Oriental. Lo conformaban una multiplicidad de pueblos de distintas etnias y culturas. Los zares se ocuparon de homogeneizar el imperio a través de la “rusificación” cultural y demográfica.
Georgia, después de haber sido un estado protegido, fue formalmente incorporada al imperio en el año 1800.
La política respecto de las nacionalidades aplicada por Lenin a comienzos de la revolución bolchevique, entre 1918 y 1924, se basó en el principio de la autonomía en el marco de una Federación de Repúblicas Socialistas.
Pero el vencedor de la puja con Trotski por la sucesión de la jefatura revolucionaria, José Stalin - conocido también como el “Zar Rojo” y oriundo de Georgia, paradojas de la historia...- se dedicó a industrializar a la Rusia campesina y atrasada. Para eso consolidó el poder de un partido-estado omnipresente, y continuó la tarea de “rusificación” iniciada por la monarquía aplicando métodos despiadados, como las deportaciones de pueblos enteros para reubicarlos en otras geografías, la colonización por rusos “nativos”, o las ejecuciones masivas.
A la caída de la Unión Soviética se produjo un aluvión de rebeliones autonomistas e independentistas, muchas de ellas alentadas por los Estados Unidos, que alimentó la ilusión de edificar un sistema internacional donde ocuparía el rol de “potencia universal” al viejo estilo del imperio romano.
Pero la realidad dio de trastes con esa fantasía. Surgieron competidores, como China y la India, y hasta los viejos socios como Alemania y Francia cobraron aires de autonomía. Rusia se recuperó gracias a los recursos petroleros y la emergencia de liderazgos nacional- imperialistas. Ni siquiera en el “patio trasero” las cosas están tranquilas: Brasil reclama su lugar en el concierto de las “grandes naciones”.
Para los epígonos de un imperio en decadencia como George Bush, Cuba jamás debió haberse declarado independiente, y mucho menos haber pasado en su momento al bloque socialista. Todavía buena parte de la dirigencia estadounidense sigue bloqueando toda posible normalización de las relaciones de isla con el resto del mundo.
Simétricamente, un nacionalista que pretende reverdecer las glorias del viejo imperio ruso, como Vladimir Putin, jamás tolerará que Georgia pase a la órbita de influencia de los Estados Unidos y la Unión Europea vía su integración a la OTAN. La torpe maniobra del presidente georgiano Mijáil Saakashvili al atacar Osetia del Sur sólo consiguió provocar al “Oso Ruso”, que aprovechó la oportunidad para marcarle la cancha a las potencias occidentales. Además de sus renacidas fuerzas armadas, cuenta con una baza estratégica: es el principal proveedor de gas de Europa.
Más allá de las ampulosas declaraciones del Departamento de Estado y algunos cancilleres y funcionarios de la UE, los georgianos harían bien en recordar el destino de un país vecino: Chechenia.
Esta república de población mayoritariamente musulmana declaró unilateralmente su independencia cuando la desintegración de la Unión Soviética. Libró una primera guerra victoriosa contra las tropas rusas entre 1994 y 1996. Pero en 1999, ya con Vladimir Putin como premier del presidente Boris Yelstin, las cosas fueron bien distintas. Mientras las potencias occidentales derramaban lágrimas de cocodrilo, el ejército ruso, en proceso de reconstrucción, libró una guerra de exterminio contra el gobierno del presidente Aslan Maskhadov y los grupos guerrilleros independentistas, muchos de ellos fundamentalistas islámicos que no respondían a su mando.
Las tropas moscovitas sitiaron la capital chechena, Grozny, que ocuparon a sangre y fuego para instalar luego un gobierno títere. Un protectorado de características similares fue creado por la OTAN al prohijar la independencia de Kosovo.