
Afganistán. El teatro de operaciones elegido por el candidato Demócrata Barack Obama para concentrar los esfuerzos en la “Guerra Global contra el Terrorismo”, sustrayendo tropas de Irak, lugar del que, más temprano que tarde, los Estados Unidos tendrán que retirarse.
Pero, que es Afganistán?. Acaso un estado nación independiente?. Hoy, cabría dudarlo.
Quizás un enclave montañoso en el corazón de Asia, con 2.000 años de historia, una pluralidad de etnias en la que predominan los patsunes. Un país islámico, con una monarquía de casi 300 años, sometido a la conquista, o influencia, de persas, rusos y británicos. Un estado profundamente atrasado, con una economía rural y estructuras sociales de tipo tribal.
Un típico país “periférico y dependiente” que a principios de los años ’70 vio llegar un gobierno que intentó la reforma agraria, la alfabetización masiva, la emancipación de la mujer y el laicismo de estado, a través de un régimen de inspiración socialista apoyado en la Rusia Soviética, con la que compartía fronteras.
Un proceso de reformas que provocó la reacción de los líderes tribales, quienes se alzaron en armas para derrocar al régimen modernizante y pro comunista. De allí a la invasión del ejército rojo medió un solo (y desastroso) paso, desatando una formidable guerra de guerrillas montañesa contra el invasor extranjero. “Luchadores de la libertad” como los elogió la prensa estadounidense, mientras la Central de Inteligencia Americana (CIA) los proveía de abundante financiamiento y logística. Entre estos luchadores de la libertad se contaba un joven saudita, formidable comandante, y niño mimado de la Central de ¿Inteligencia? Estadounidense: Osama Bin Laden.
El orgulloso Ejército Rojo, vencedor de las hordas hitlerianas, mordió el polvo en las montañas afganas. Esta derrota fue uno de los factores que contribuyó a la crisis política, económica y social que llevó a la implosión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La década del ’90 encontró a Afganistán sumida en una guerra civil entre los “Señores de la Guerra”, que culminó la destrucción del país, ante la mirada desinteresada de occidente. Desaparecida la amenaza comunista, perdió valor estratégico. No hay recursos naturales: ni minerales ni petróleo. Sólo extensos campos de amapolas, de los que proviene buena parte de la heroína que se consume en Europa. La viga maestra de la economía afgana, desde entonces a la actualidad.
No hubo una gran conmoción en el “mundo civilizado” cuando los Talibanes, la facción más extrema de los guerreros musulmanes afganos, se hizo del poder. Apenas unas notas periodísticas que daban cuenta de la destrucción del patrimonio cultural, y de las (aún más terribles) condiciones de vida para las mujeres.
Pero todo cambió el 11 de septiembre de 2001. Como en la década del ’80, volvió a estar en el ojo de la tormenta estratégica mundial. Algunos de los socios de ayer, serían los enemigos de hoy. Con otros, se renovarían alianzas. Pero el corazón del asunto sería la ocupación de Afganistán por contingentes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en una reconversión de sus funciones tan dramática como evidente: nacida como organización de defensa europeo estadounidense contra la amenaza soviética, hoy combate en su propio territorio a las milicias afganas coaligadas bajo la hegemonía talibán. Librando una lucha similar a la del ejército rojo, y al parecer, con idénticos resultados.
60.000 soldados (la mitad estadounidenses) libran una guerra a brazo partido, y la están perdiendo. El Talibán se reagrupó en el sur del país, fronterizo al norte pakistaní, donde se encuentran los santuarios históricos de este movimiento fundamentalista. Las autoridades pakistaníes han sido siempre sumamente tolerantes con las actividades del islamismo fundamentalista en esa región. Los servicios secretos han brindado (¿brindan todavía?) protección a las actividades en esta porosa frontera, santuario de Al Qaeda.
El hecho es que ya medio país está fuera del control efectivo de las tropas de la OTAN, y el otro medio, está en discusión. El principal argumento de los talibanes para ganar adeptos es, precisamente, la lucha nacional contra el invasor, y ocupante, extranjero. Su fuente de financiamiento: la amapola. Lo mismo que los “Señores de la Guerra” de la Alianza del Norte, apadrinada por las potencias occidentales. Solo que los gobernantes y militares de las ineficaces tropas del “Ejército Nacional” afgano pueden utilizar los réditos de esa lucrativa industria para su propia fortuna..... ya que el dinero y las tropas para librar la guerra los pone la OTAN. La sangre corre por cuenta de los cientos de civiles afganos masacrados “por error”.
Si enviar más tropas a Afganistán es el resultado del consejo de los 300 asesores en política exterior que integran el equipo de Barack Obama, podríamos recomendarle que se ahorre algo de dinero, y tiempo, leyendo una columna del más importante y reputado periodista experto en medio oriente, Robert Fisk. Fue publicada en el diario británico The Independent el 1 de junio bajo el sugerente título de “ Así que Al Qaeda está derrotada? Díganselo a los marines” y dice cosas como esta: “Porque Al Qaeda es una forma de pensar, no un ejército. Se alimenta de dolor y el miedo y la crueldad - nuestra crueldad y la opresión - y mientras nosotros sigamos dominando el mundo musulmán con nuestros helicópteros Apache y nuestros tanques y nuestros Humvees y las bombas de nuestra artillería y nuestros "amigables" dictadores, entonces Al Qaeda continuará”.
Pero, que es Afganistán?. Acaso un estado nación independiente?. Hoy, cabría dudarlo.
Quizás un enclave montañoso en el corazón de Asia, con 2.000 años de historia, una pluralidad de etnias en la que predominan los patsunes. Un país islámico, con una monarquía de casi 300 años, sometido a la conquista, o influencia, de persas, rusos y británicos. Un estado profundamente atrasado, con una economía rural y estructuras sociales de tipo tribal.
Un típico país “periférico y dependiente” que a principios de los años ’70 vio llegar un gobierno que intentó la reforma agraria, la alfabetización masiva, la emancipación de la mujer y el laicismo de estado, a través de un régimen de inspiración socialista apoyado en la Rusia Soviética, con la que compartía fronteras.
Un proceso de reformas que provocó la reacción de los líderes tribales, quienes se alzaron en armas para derrocar al régimen modernizante y pro comunista. De allí a la invasión del ejército rojo medió un solo (y desastroso) paso, desatando una formidable guerra de guerrillas montañesa contra el invasor extranjero. “Luchadores de la libertad” como los elogió la prensa estadounidense, mientras la Central de Inteligencia Americana (CIA) los proveía de abundante financiamiento y logística. Entre estos luchadores de la libertad se contaba un joven saudita, formidable comandante, y niño mimado de la Central de ¿Inteligencia? Estadounidense: Osama Bin Laden.
El orgulloso Ejército Rojo, vencedor de las hordas hitlerianas, mordió el polvo en las montañas afganas. Esta derrota fue uno de los factores que contribuyó a la crisis política, económica y social que llevó a la implosión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
La década del ’90 encontró a Afganistán sumida en una guerra civil entre los “Señores de la Guerra”, que culminó la destrucción del país, ante la mirada desinteresada de occidente. Desaparecida la amenaza comunista, perdió valor estratégico. No hay recursos naturales: ni minerales ni petróleo. Sólo extensos campos de amapolas, de los que proviene buena parte de la heroína que se consume en Europa. La viga maestra de la economía afgana, desde entonces a la actualidad.
No hubo una gran conmoción en el “mundo civilizado” cuando los Talibanes, la facción más extrema de los guerreros musulmanes afganos, se hizo del poder. Apenas unas notas periodísticas que daban cuenta de la destrucción del patrimonio cultural, y de las (aún más terribles) condiciones de vida para las mujeres.
Pero todo cambió el 11 de septiembre de 2001. Como en la década del ’80, volvió a estar en el ojo de la tormenta estratégica mundial. Algunos de los socios de ayer, serían los enemigos de hoy. Con otros, se renovarían alianzas. Pero el corazón del asunto sería la ocupación de Afganistán por contingentes de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en una reconversión de sus funciones tan dramática como evidente: nacida como organización de defensa europeo estadounidense contra la amenaza soviética, hoy combate en su propio territorio a las milicias afganas coaligadas bajo la hegemonía talibán. Librando una lucha similar a la del ejército rojo, y al parecer, con idénticos resultados.
60.000 soldados (la mitad estadounidenses) libran una guerra a brazo partido, y la están perdiendo. El Talibán se reagrupó en el sur del país, fronterizo al norte pakistaní, donde se encuentran los santuarios históricos de este movimiento fundamentalista. Las autoridades pakistaníes han sido siempre sumamente tolerantes con las actividades del islamismo fundamentalista en esa región. Los servicios secretos han brindado (¿brindan todavía?) protección a las actividades en esta porosa frontera, santuario de Al Qaeda.
El hecho es que ya medio país está fuera del control efectivo de las tropas de la OTAN, y el otro medio, está en discusión. El principal argumento de los talibanes para ganar adeptos es, precisamente, la lucha nacional contra el invasor, y ocupante, extranjero. Su fuente de financiamiento: la amapola. Lo mismo que los “Señores de la Guerra” de la Alianza del Norte, apadrinada por las potencias occidentales. Solo que los gobernantes y militares de las ineficaces tropas del “Ejército Nacional” afgano pueden utilizar los réditos de esa lucrativa industria para su propia fortuna..... ya que el dinero y las tropas para librar la guerra los pone la OTAN. La sangre corre por cuenta de los cientos de civiles afganos masacrados “por error”.
Si enviar más tropas a Afganistán es el resultado del consejo de los 300 asesores en política exterior que integran el equipo de Barack Obama, podríamos recomendarle que se ahorre algo de dinero, y tiempo, leyendo una columna del más importante y reputado periodista experto en medio oriente, Robert Fisk. Fue publicada en el diario británico The Independent el 1 de junio bajo el sugerente título de “ Así que Al Qaeda está derrotada? Díganselo a los marines” y dice cosas como esta: “Porque Al Qaeda es una forma de pensar, no un ejército. Se alimenta de dolor y el miedo y la crueldad - nuestra crueldad y la opresión - y mientras nosotros sigamos dominando el mundo musulmán con nuestros helicópteros Apache y nuestros tanques y nuestros Humvees y las bombas de nuestra artillería y nuestros "amigables" dictadores, entonces Al Qaeda continuará”.
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