sábado 21 de junio de 2008

Retorno al nacionalismo


La crisis de la economía mundial que comenzó con el estallido de la burbuja inmobiliaria estadounidense está en la base de la Directiva del Retorno votada por el parlamento europeo, una legislación marco de la UE referida al tratamiento de los inmigrantes ilegales, que en la letra, y fundamentalmente en su espíritu, apunta a la expulsión masiva de millones de extranjeros que habitan y trabajan en suelo europeo.
El paradigma de esta situación es la España de José Luis Zapatero, cuya economía se encamina a la recesión por efecto directo de la crisis financiera estadounidense. La industria de la construcción – España gozó en paralelo de su propia “burbuja” en el sector inmobiliario – se derrumba, y con ella el crecimiento económico. La sombra de la desocupación se cierne a partir de una parálisis económica que se verá acrecentada por los estratosféricos precios del petróleo y los alimentos, que se fueron a las nubes por la demanda India y China, pero también por el aluvión de capitales especulativos que se desplazaron del sistema financiero mundial a los mercados energéticos y agropecuarios, poniendo su cuota de componente especulativo al alza de precios.
Los eurodiputados del socialismo español votaron a favor de la Directiva del Retorno, borrando con el codo lo que vinieron escribiendo con la mano respecto de los Derechos Humanos. La necesidad tiene cara de hereje, y la alternativa sería explicarles a sus conciudadanos que la modernización y europeización de España fue posible gracias a la mano de obra barata foránea y a la altísima rentabilidad de las inversiones españolas en el exterior, particularmente en América Latina. Porque parece que la fiesta está llegando a su fin.
Posiblemente estemos asistiendo, casi 20 años después de la caída del Muro de Berlín, a un punto de inflexión en el proceso de expansión de la Revolución Conservadora que se ha conocido, popularmente, con el nombre de Globalización.
La extensión de las políticas de libre mercado a escala planetaria significó tres cosas para los países que se agrupan en el G-7 ( América del Norte, Europa Occidental y Japón).
La primera fue el abaratamiento de la mano de obra a escala planetaria a partir del desmantelamiento del estado de bienestar. La xenofobia y el racismo renacieron con las políticas de flexibilización laboral, alta desocupación y desmantelamiento del estado de bienestar que aplicaron todos los gobiernos de Europa Occidental – conservadores, liberales o socialdemócratas – desde la década del ´80 a la fecha. Este fenómeno fue complementario al de la deslocalización de las empresas que se trasladaron de los países centrales a los de la periferia del sistema capitalista, en donde los costos laborales son menores. Esta es una de las razones del boom económico de China, India, México y Brasil.
Otra de formas de bajar los costos del factor trabajo es la inmigración. Y en términos económicos, poco importa si es legal o ilegal. La mano de obra migrante es siempre mucho más barata que la local. De allí que Europa Occidental sufrió un aluvión de europeos del este, norafricanos y latinoamericanos. Lo mismo sucedió en Estados Unidos con mexicanos, centroamericanos y sudamericanos. Millones de personas que se desplazaron en busca de un futuro mejor, o al menos, la posibilidad de sobrevivir que no encontraban en sus países de origen.
De paso sea dicho, el inmigrante es un chivo expiatorio ideal para canalizar el malestar y la frustración de la población, particularmente de los desocupados, o quienes ven reducido su nivel de vida por la crisis capitalista. No es casual que el neofascista Frente Nacional de Jean Marie Le Pen haya reclutado buena parte de sus votantes entre la clase trabajadora francesa – y que Nicolás Sarkozy le haya “robado las banderas” del racismo al FN-. Ni que Silvio Berlusconi, magnate de los medios de comunicación que retorna al gobierno de Italia con el voto de un sector importante de los trabajadores, haya incluido entre sus primeras medidas de gobierno una durísima legislación contra los extranjeros.
Por otra parte, la apertura total de las economías de los países de la Europa del Este, Asia, África y América Latina significó el abaratamiento de las materias primas. Durante los años ’90 tanto el petróleo como los comodities agropecuarios se encontraban a precios más que accesibles para el mundo desarrollado.
Finalmente, el capital transnacional, particularmente el financiero, encontró absoluta libertad para moverse sin controles de un punto a otro del planeta, y aprovechar así las oportunidades de negocios, otorgándole al funcionamiento de la economía mundial un sesgo fuertemente especulativo que no se conocía desde el Crack de 1929.
Y es justamente una crisis originada, nuevamente, en el corazón del sistema capitalista mundial, los Estados Unidos de América, la que genera incertidumbre sobre el futuro cercano de las economías del mundo desarrollado.
Resulta entonces una ironía que el reciente referéndum realizado en Irlanda para aprobar la nueva Constitución Europea haya resultado una bofetada nacionalista al espíritu de la UE, cuando la propia Unión aprueba una legislación expulsiva respecto de la inmigración.
Y es que las resistencias a la globalización neoliberal han virado, gradualmente, del tono internacionalista y progresista del Foro Social Mundial, a un sesgo que cada vez acentúa los rasgos nacionalistas, no exento, en algunos casos, como el iraní, de una fuerte carga religiosa y comunitarista. La misma ambigüedad del Socialismo del Siglo XXI que plantea el líder venezolano Hugo Chávez permite una interpretación nacionalista. Al fin y al cabo, el nacionalismo de proyecciones continentalistas fue la matriz ideológica del joven oficial del Ejército venezolano.
La guerra de Irak resulta una trágica puesta en escena de este concepto nacional imperial que se reencarna, particularmente, en la nueva derecha de Occidente, enfrentado a un novedoso nacionalismo islámico.
Cuando el concepto de nación se separa de los valores universales que pueden sintetizarse en la Declaración de los Derechos Humanos, para mezclarse con intereses económicos, valores etnocéntricos y fanatismos religiosos, produce un cóctel explosivo cuyo resultado es la guerra como forma de regulación de las relaciones entre los estados y las clases sociales.
Verbigracia, el régimen nacional socialista de Adolf Hitler llegó al poder a cabalgando sobre la depresión económica de los años ’30 y el resentimiento del pueblo alemán por el tratamiento recibido por parte de los vencedores luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial. El miedo al comunismo, el antisemitismo, la miopía de las cancillerías británica y francesa – junto a la realpolitik de José Stalin - hicieron el resto para abrir las puertas al infierno de la Segunda Guerra.
Como dijera el filósofo – alemán – Arthur Schopenhauer, “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”.