
El precandidato presidencial por el partido Demócrata, Barack Obama, asumió este viernes el desafío de pronunciar un discurso en la sede de la Fundación Cubano-Americana, fortaleza de los sectores anticastristas más intransigentes y fundamentalistas de esa comunidad.
Sus palabras fueron más allá de intentar cautivar un auditorio que, bien lo sabe, le es naturalmente esquivo. La ciudad de Miami, y todo el estado de Florida, son un bastión Republicano que, además, lleva nombre y apellido: el clan de los Bush. Justamente hace pocos días es candidato de ese partido, John Mc Cain, pasó por esa misma tribuna y se encargó de desacreditarlo.
Así que no resultaron novedosas sus críticas al régimen de Fidel Castro. Tampoco a Hugo Chávez, y a los aliados de la Venezuela Bolivariana, Nicaragua y Bolivia. Al fin al cabo, más allá de cierta coherencia ideológica, debía seducir a los electores que hace 8 años inclinaron la balanza a favor de George Bush jr.
Pero lo que desgranó Obama, quien ya actúa como si fuera el candidato a presidente Demócrata, es un completo programa de relaciones hacia América Latina. No sólo se encargó de criticar la política hacia Latinoamérica del actual mandatario, condenándola por inexistente.
Además señaló claramente que la las economías centro y sudamericanas han crecido, pero los beneficios no han llegado a la mayor parte de la población. Vinculó la crisis de las instituciones democráticas, el auge del crimen organizado y el surgimiento de gobiernos antinorteamericanos a la persistencia de la pobreza, para luego reseñar una agenda en la que las cuestiones de desarrollo económico social tendrán prioridad por sobre las cuestiones policiales y militares.
Este planteo está en línea con las declaraciones que realizara hace poco Bill Richardson, gobernador de Nuevo México, principal apoyo de Obama dentro de la comunidad latina, y potencial Secretario de Estado en una futura administración Demócrata.
Recordemos que la Alianza para el Progreso fue la respuesta de la administración de John F. Kennedy al desafío que planteó a los Estados Unidos la Revolución Cubana. Fortalecimiento de la Democracia, desarrollo y reformas sociales fueron sus puntales. Junto a la Doctrina de la Seguridad Nacional, adaptación realizada en la academia militar de West Point, para nuestro continente y el mundo, de la doctrina contrainsurgente que emplearon los franceses en Vietnam y Argelia.
Pero del discurso de Obama se desprende que hoy el mayor desafío para la hegemonía de los Estados Unidos en América Latina no sale de Cuba y Venezuela. Las razones de la propuesta de Obama hay que buscarlas más en la última reunión de mandatarios de la región con sus pares de la Unión Europea en Lima. O también, en la reciente creación de una Alianza de tipo estratégico entre Brasil, Rusia, India y China – el llamado “Grupo BRIC”-.
Otro ejemplo es el lanzamiento en Brasilia de la UNASUR, cuya primera iniciativa es la creación de un Consejo de Defensa, de carácter consultivo, pero cuya finalidad es prevenir las crisis diplomático militares entre los estados miembros. Una iniciativa brasileña que coloca en el centro del escenario al Planalto, y proyecta un cono de sombra sobre el añejo Comando Sur estadounidense, y hasta a la recientemente recreada IV flota para el Caribe y Sudamérica.
Es con esta doctrina estratégica de Obama encara el desafío a la tradicional hegemonía estadounidense en nuestro continente que realizan, silenciosa pero eficazmente, la Unión Europea, Rusia y China. Desafío que parece contar con el beneplácito de la potencia geopolítica emergente, Brasil, y también con el apoyo activo de la potencia energética, Venezuela.
Políticas para recuperar terreno en un “patio trasero”, que pareciera estar queriendo, en forma incipiente, aprovechar las grietas de la globalización neoliberal –impulsada, ante todo, por los EE.UU.- para ganar márgenes mayores de autonomía.
Sus palabras fueron más allá de intentar cautivar un auditorio que, bien lo sabe, le es naturalmente esquivo. La ciudad de Miami, y todo el estado de Florida, son un bastión Republicano que, además, lleva nombre y apellido: el clan de los Bush. Justamente hace pocos días es candidato de ese partido, John Mc Cain, pasó por esa misma tribuna y se encargó de desacreditarlo.
Así que no resultaron novedosas sus críticas al régimen de Fidel Castro. Tampoco a Hugo Chávez, y a los aliados de la Venezuela Bolivariana, Nicaragua y Bolivia. Al fin al cabo, más allá de cierta coherencia ideológica, debía seducir a los electores que hace 8 años inclinaron la balanza a favor de George Bush jr.
Pero lo que desgranó Obama, quien ya actúa como si fuera el candidato a presidente Demócrata, es un completo programa de relaciones hacia América Latina. No sólo se encargó de criticar la política hacia Latinoamérica del actual mandatario, condenándola por inexistente.
Además señaló claramente que la las economías centro y sudamericanas han crecido, pero los beneficios no han llegado a la mayor parte de la población. Vinculó la crisis de las instituciones democráticas, el auge del crimen organizado y el surgimiento de gobiernos antinorteamericanos a la persistencia de la pobreza, para luego reseñar una agenda en la que las cuestiones de desarrollo económico social tendrán prioridad por sobre las cuestiones policiales y militares.
Este planteo está en línea con las declaraciones que realizara hace poco Bill Richardson, gobernador de Nuevo México, principal apoyo de Obama dentro de la comunidad latina, y potencial Secretario de Estado en una futura administración Demócrata.
Recordemos que la Alianza para el Progreso fue la respuesta de la administración de John F. Kennedy al desafío que planteó a los Estados Unidos la Revolución Cubana. Fortalecimiento de la Democracia, desarrollo y reformas sociales fueron sus puntales. Junto a la Doctrina de la Seguridad Nacional, adaptación realizada en la academia militar de West Point, para nuestro continente y el mundo, de la doctrina contrainsurgente que emplearon los franceses en Vietnam y Argelia.
Pero del discurso de Obama se desprende que hoy el mayor desafío para la hegemonía de los Estados Unidos en América Latina no sale de Cuba y Venezuela. Las razones de la propuesta de Obama hay que buscarlas más en la última reunión de mandatarios de la región con sus pares de la Unión Europea en Lima. O también, en la reciente creación de una Alianza de tipo estratégico entre Brasil, Rusia, India y China – el llamado “Grupo BRIC”-.
Otro ejemplo es el lanzamiento en Brasilia de la UNASUR, cuya primera iniciativa es la creación de un Consejo de Defensa, de carácter consultivo, pero cuya finalidad es prevenir las crisis diplomático militares entre los estados miembros. Una iniciativa brasileña que coloca en el centro del escenario al Planalto, y proyecta un cono de sombra sobre el añejo Comando Sur estadounidense, y hasta a la recientemente recreada IV flota para el Caribe y Sudamérica.
Es con esta doctrina estratégica de Obama encara el desafío a la tradicional hegemonía estadounidense en nuestro continente que realizan, silenciosa pero eficazmente, la Unión Europea, Rusia y China. Desafío que parece contar con el beneplácito de la potencia geopolítica emergente, Brasil, y también con el apoyo activo de la potencia energética, Venezuela.
Políticas para recuperar terreno en un “patio trasero”, que pareciera estar queriendo, en forma incipiente, aprovechar las grietas de la globalización neoliberal –impulsada, ante todo, por los EE.UU.- para ganar márgenes mayores de autonomía.
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