
Una política de la administración Bush hacia América Latina
La reunión del embajador de los Estados Unidos, Earl Anthony Wayne, con la presidente Cristina Fernández de Kirchner fue a su vez el corolario, y un síntoma, de una compleja carambola a varias bandas en un partido que se viene jugando entre la diplomacia estadounidense, por un lado, y Brasil, Argentina y Venezuela, por el otro.
El “apartamiento” de nuestro país respecto del proceso que sigue la justicia de Miami a los involucrados en el llamado “Caso Antonini Wilson”, parece dar la razón a los voceros del gobierno, y también a unos cuantos analistas independientes, que vieron una cierta influencia de la Casa Blanca en las líneas argumentales del fiscal a cargo, quien aseveró que los 800.000 hallados en la tan mentada valija estaban destinados a financiar la campaña de la actual mandataria argentina. Esta influencia tendría por objetivo lograr un cierto grado de distanciamiento de la gestión Kirchner respecto del presidente Hugo Chávez.
Hoy sabemos que la misma fiscalía ha decidido desarrollar otras líneas de investigación, en las que sólo estaría involucrado el estado venezolano. También el Departamento de Estado ha hecho conocer, “off the record”, que la voluntad de recomponer relaciones con la Casa Rosada va de la mano de contener, primero, y aislar, después, al gobernante de la República Bolivariana, a quien el gobierno de George Bush (h) ve como la gran amenaza (o la enorme piedra en el zapato) en el continente americano.
La “normalización” de las relaciones de la Argentina con los Estados Unidos, que incluyen una próxima visita a nuestro país del Subsecretario para Asuntos Hemisféricos del Departamento de Estado, Tomas Shannon, así como un viaje del Canciller Taiana a la capital norteamericana, son el resultado de charlas que, con muy bajo perfil, venían realizando funcionarios de la Casa Rosada con miembros de la representación estadounidense para aproximar posiciones.
Como en toda negociación, seguramente se hicieron concesiones mutuas, que, en el mundo de la diplomacia y la política internacional, se conocen casi siempre por los hechos, mucho más que por los dichos. Esta reconciliación facilitará el lanzamiento de la política exterior que tenía planificada Cristina Fernández desde las épocas de campaña, y que incluye, simultáneamente, el fortalecimiento de la alianza con Brasil, así como una relación más fluida con los Estados Unidos de América y la Unión Europea. El condimento económico de estos lineamientos diplomáticos no es menor: los Kirchner se proponen afianzar, durante este segundo período, el crecimiento económico argentino a partir del aumento de las inversiones extranjeras.
Para eso buscan “hacer buena letra”, sin caer en la sobreactuación, y sin descuidar el MERCOSUR como ámbito de decisión estratégica. Pero necesitan resolver cuestiones como los 6.000 millones de dólares de deuda en default con el Club de París, la institución que agrupa a los acreedores europeos. El gobierno pretende evitar el monitoreo del FMI, paso reglamentario previo para renegociar esta deuda caída. Para ello, necesita de la colaboración de Estados Unidos.
Hugo Chávez parece haber tomado nota de los acontecimientos. Recordemos que en el ínterin, entre el 10 de diciembre, asunción de Cristina Fernández, y el 31 de enero, fecha del encuentro entre la presidente y el embajador, sucedió nada menos que el episodio de la liberación unilateral por parte de las FARC de dos rehenes, muy importantes por su peso político específico, y también por la carga mediática del hecho. La tirantez entre el presidente colombiano, Álvaro Uribe, aliado estrecho de los Estados Unidos, pero particularmente incondicional de George Bush (h), y el presidente venezolano Hugo Chávez, adversario de los Estados Unidos, pero particularmente enemigo de Bush y su equipo, se hizo más que evidente.
Pero si hacemos una lectura profunda de las duras declaraciones hechas por el venezolano contra su par de Colombia, que incluyen la acusación de generar un conflicto bélico “por mandato del Imperio”, podemos construir la hipótesis de que tales acusaciones son una reacción a la política de aislamiento diplomático que viene llevando Washington respecto de Caracas.
También, al entrecruzamiento de la política exterior de Hugo Chávez, construida a partir de dos visiones que, a veces son complementarias, pero otras, resultan contradictorias. Por un lado, el gobierno afirma la pertenencia de Venezuela al continente americano, y esto no sólo por razones de “ideología bolivariana”, sino por un estricto análisis de orden geopolítico, que se desprende de la ubicación de Venezuela en el mapa.
Por otro, una mirada más vinculada a lo económico- estratégico- militar: la “Geopolítica del Petróleo”, que está en el origen del conflicto por el control de las fuentes energéticas a escala planetaria, una de las razones que llevó a los Estados Unidos a ocupar Irak ignorando a las Naciones Unidas y violando todas las normas del derecho internacional.
Básicamente, lo que une a países tan disímiles por su historia como Rusia, Irán y Venezuela es el común denominador de ser grandes productores de hidrocarburos, y realizar un aprovechamiento de los mismos en función de lo que cada uno de los gobiernos o regímenes imperantes define como sus “intereses nacionales”. Líderes de tan variada personalidad, trayectoria e ideología como Vladimir Putin, Majmud Ahmadineyad y Hugo Chávez coinciden en enfrentar la agresiva política exterior del presidente George Bush (h), fundada, según sus ideólogos, en la Guerra Global contra el Terrorismo.
Esta “doble pertenencia” de Venezuela, país latinoamericano e importante miembro de la OPEP, es lo que lleva a Chávez a enfrentarse a los Estados Unidos, y buscar, simultáneamente, alianzas estratégicas con Argentina y Brasil, en el continente, y con Rusia e Irán, en el mundo.
Aquí es donde entra en el análisis, finalmente, la potencia emergente sudamericana del siglo XXI: Brasil, novena economía del mundo, casi 200 millones de habitantes, extensa y variada geografía, poderoso desarrollo industrial, fuerte producción agrícola, Fuerzas Armadas sólidas, conservadoras, pero con una mirada geopolítica que desconfía de la tutela estadounidense.
La administración de Lula viene jugando un doble rol en función de las aspiraciones que tuvo la política brasileña durante todo el siglo XX. Esto es, convertirse en el líder de las naciones latinoamericanas, y desde ese lugar, sentarse a la mesa de las grandes potencias que definen el destino del planeta.
Por ende el Planalto intenta, no siempre con éxito, jugar el papel de bisagra entre los reclamos latinoamericanos y el “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos de América. Papel en el que muchas veces no queda claro si trata de contener las aspiraciones latinoamericanas, o las norteamericanas. De todas maneras, sabido es que un mediador inteligente puede llevarse casi siempre “la mejor tajada de la torta”. La oferta de Bush a Lula respecto del negocio de los biocombustibles es un claro ejemplo al respecto.
Es a partir de este análisis que conviene interpretar la oferta de Lula a Uribe respecto de conformar un grupo de mediación con las FARC para conseguir la liberación de los 500 rehenes retenidos en las selvas colombianas. La propuesta se enmarca en una estrategia, que incluye a Cuba, en la persona de Fidel Castro, para tender puentes de diálogo entre Álvaro Uribe y Hugo Chávez.
Y es que el gobierno de Brasilia puede ser (o no...) un “buen amigo” de la Casa Blanca. Pero no tiene ningún interés en que se desate un conflicto bélico entre naciones sudamericanas. Y mucho menos, en tener a los marines estadounidenses estacionados a pocos kilómetros de sus fronteras.
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