
La independencia de Kosovo es, en definitiva, el formato jurídico estatal para un enclave estratégico militar de la OTAN.
La muerte del Mariscal Tito, y luego la caída del Muro de Berlín abrieron la Caja de Pandora en los Balcanes.
Fue la reunificada Alemania, bajo la conducción de la derechista CDU quien apañó y alentó “soto voce” a los nacionalistas croatas en su iniciativa de secesión de la República de Yugoslavia, acción que desataría la guerra civil entre las nacionalidades, las matanzas, las limpiezas étnicas – de las que participaron, en mayor o menor medida, todos los bandos- y finalmente, la desintegración de la unidad estatal que el líder de la lucha antifascista contra la ocupación alemana había logrado mantener enfrentándose al mismísimo José Stalin – o quizás, gracias a ese enfrentamiento-.
La Yugoslavia que participó en la década del `50 en la fundación del Movimiento de Países No Alineados, junto a la India de Nehru y al Egipto de Nasser; el país socialista que llegó a combinar un grado de desarrollo y bienestar para su población llamativo dentro de la Europa Oriental, lo cual lo llevó a ser objeto de estudio tanto para simpatizantes como para adversarios ideológicos; esa nación se desintegró durante la última década del siglo XX en un baño de sangre que, por acción u omisión, manchó las manos de varias grandes potencias.
El accionar de la superpotencia militar global, los Estados Unidos, bajo el paraguas institucional de la ONU, logró controlar, relativamente, el genocidio que estaban practicando los distintos actores bélicos, particularmente el más poderoso regionalmente, Serbia.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte, es decir, las potencias de Europa Occidental y Norteamérica se convirtieron en los árbitros de la región, ante una debilitadísima Rusia en proceso de transición violenta al capitalismo. Las tropas de la OTAN garantizaron la hegemonía occidental en la región, funcional a varios intereses.
Para los Estados Unidos, fue y es parte de su estrategia de Gendarme Mundial para mantener durante el siglo XXI la hegemonía en el sistema internacional que obtuvo a partir de 1945.
A los miembros fundadores de la UE les garantizaba una cierta estabilidad en una región históricamente explosiva. Pero para la derecha alemana resultó una tentación resucitar – en los hechos, no así en los dichos- el proyecto de la “Gran Alemania” que incluye desde siempre el domino sobre Europa Oriental. Su histórico rival, Rusia, se encontraba en ese entonces en proceso de disolución como estado plurinacional – o imperio, depende del punto de vista-.
Por eso los “malos de la película” resultaron ser los nacionalista serbios, aliados históricos de Rusia. Y no porque no sean ciertas las aberraciones genocidas cometidas por las tropas serbias. Sino porque no resultaron funcionales a los estados del pacto atlántico.
La minoría musulmana de Kosovo fue devastada, y no fue exterminada y expulsada por completo gracias a la presencia de tropas extranjeras. Uno de los pocos casos que se conoce de preocupación del “occidente ilustrado” por el mundo “bárbaro musulmán”.
Como bien señalan las crónicas periodísticas, la Kosovo independiente es un estado inviable económicamente, gobernado por bandas mafiosas vinculadas al tráfico de armas y drogas que asumen la bandera nacionalista como tapadera para sus actividades. Actividades que son toleradas por los Estados Unidos y sus socios, en función de una “estrategia de contención” para la “bestia rusa”.
Justamente el presidente Ruso, Vladimir Putin, ha reaccionado como cabía esperar, rechazando enérgicamente la independencia kosovar. Putin es un “Gran Ruso”, que agita la bandera nacionalista y el sentimiento de gran potencia para captar el favor de sus conciudadanos, y lo logra con inusitado éxito.
No se diferencia demasiado del ímpetu nacional imperialista – casi al estilo del siglo XIX- que cultivan personajes como George Bush o Nicolás Sarkozy. Los chechenos, víctimas de una auténtica limpieza étnica llevada a cabo por las tropas rusas para ahogar su independentismo – y tan musulmanes como los kosovares- pueden dar testimonio de la “amplitud de criterio” de las tropas enviadas por Boris Yelstin, primero, y mantenidas por su sucesor Vladimir Putin hasta el presente.
La muerte del Mariscal Tito, y luego la caída del Muro de Berlín abrieron la Caja de Pandora en los Balcanes.
Fue la reunificada Alemania, bajo la conducción de la derechista CDU quien apañó y alentó “soto voce” a los nacionalistas croatas en su iniciativa de secesión de la República de Yugoslavia, acción que desataría la guerra civil entre las nacionalidades, las matanzas, las limpiezas étnicas – de las que participaron, en mayor o menor medida, todos los bandos- y finalmente, la desintegración de la unidad estatal que el líder de la lucha antifascista contra la ocupación alemana había logrado mantener enfrentándose al mismísimo José Stalin – o quizás, gracias a ese enfrentamiento-.
La Yugoslavia que participó en la década del `50 en la fundación del Movimiento de Países No Alineados, junto a la India de Nehru y al Egipto de Nasser; el país socialista que llegó a combinar un grado de desarrollo y bienestar para su población llamativo dentro de la Europa Oriental, lo cual lo llevó a ser objeto de estudio tanto para simpatizantes como para adversarios ideológicos; esa nación se desintegró durante la última década del siglo XX en un baño de sangre que, por acción u omisión, manchó las manos de varias grandes potencias.
El accionar de la superpotencia militar global, los Estados Unidos, bajo el paraguas institucional de la ONU, logró controlar, relativamente, el genocidio que estaban practicando los distintos actores bélicos, particularmente el más poderoso regionalmente, Serbia.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte, es decir, las potencias de Europa Occidental y Norteamérica se convirtieron en los árbitros de la región, ante una debilitadísima Rusia en proceso de transición violenta al capitalismo. Las tropas de la OTAN garantizaron la hegemonía occidental en la región, funcional a varios intereses.
Para los Estados Unidos, fue y es parte de su estrategia de Gendarme Mundial para mantener durante el siglo XXI la hegemonía en el sistema internacional que obtuvo a partir de 1945.
A los miembros fundadores de la UE les garantizaba una cierta estabilidad en una región históricamente explosiva. Pero para la derecha alemana resultó una tentación resucitar – en los hechos, no así en los dichos- el proyecto de la “Gran Alemania” que incluye desde siempre el domino sobre Europa Oriental. Su histórico rival, Rusia, se encontraba en ese entonces en proceso de disolución como estado plurinacional – o imperio, depende del punto de vista-.
Por eso los “malos de la película” resultaron ser los nacionalista serbios, aliados históricos de Rusia. Y no porque no sean ciertas las aberraciones genocidas cometidas por las tropas serbias. Sino porque no resultaron funcionales a los estados del pacto atlántico.
La minoría musulmana de Kosovo fue devastada, y no fue exterminada y expulsada por completo gracias a la presencia de tropas extranjeras. Uno de los pocos casos que se conoce de preocupación del “occidente ilustrado” por el mundo “bárbaro musulmán”.
Como bien señalan las crónicas periodísticas, la Kosovo independiente es un estado inviable económicamente, gobernado por bandas mafiosas vinculadas al tráfico de armas y drogas que asumen la bandera nacionalista como tapadera para sus actividades. Actividades que son toleradas por los Estados Unidos y sus socios, en función de una “estrategia de contención” para la “bestia rusa”.
Justamente el presidente Ruso, Vladimir Putin, ha reaccionado como cabía esperar, rechazando enérgicamente la independencia kosovar. Putin es un “Gran Ruso”, que agita la bandera nacionalista y el sentimiento de gran potencia para captar el favor de sus conciudadanos, y lo logra con inusitado éxito.
No se diferencia demasiado del ímpetu nacional imperialista – casi al estilo del siglo XIX- que cultivan personajes como George Bush o Nicolás Sarkozy. Los chechenos, víctimas de una auténtica limpieza étnica llevada a cabo por las tropas rusas para ahogar su independentismo – y tan musulmanes como los kosovares- pueden dar testimonio de la “amplitud de criterio” de las tropas enviadas por Boris Yelstin, primero, y mantenidas por su sucesor Vladimir Putin hasta el presente.
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