La criminalización de los inmigrantes sancionada institucionalmente por el parlamento italiano – dominado por las huestes de Silvio Berlusconi – constituye la mayor derrota de la democracia en Europa desde el fin de
Resulta la culminación de un largo proceso iniciado en las prósperas sociedades del viejo continente a partir de la caída del Muro de Berlín y el triunfo de
Buena parte de la población de Europa Occidental se adaptó con dificultad a los vertiginosos cambios, atrapada en las tenazas del consumismo hedonista e individualista propuesto por la publicidad como eje motor del capitalismo globalizado, y la zozobra económica permanente de la precariedad laboral y la inestabilidad económica. El extranjero, el bárbaro – palabra griega que nominaba a quien no pertenecía por nacimiento a la polis, la ciudad estado- resulta un recordatorio permanente de la doble amenaza que trae aparejada la globalización: el fin de la estabilidad económica y del provincianismo cultural.
Sancionada en plena crisis económica mundial, esta ley ya tenía sobrados antecedentes en la reciente votación del Parlamento Europeo endureciendo la legislación marco sobre el tratamiento de la inmigración en
Es que en términos políticos el populismo de derecha encarnado por un magnate de los medios como Silvio Berlusconi pergeña una vía de escape ideológica y cultural a la crisis estructural del capitalismo, como respuesta anticipada (contrarrevolución preventiva) a la opción de una “salida por izquierda”: la extensión de los derechos sociales, políticos y culturales a partir de la ampliación de la democracia.
Pero no nos engañemos: un personaje con “Il Berlusca” no gana elecciones tan sólo por tener dinero y manejar medios de comunicación. Una buena proporción de la sociedad italiana se identifica con las actitudes, los dichos y los hechos de Berlusconi, con el sistema de valores, la visión del mundo que Silvio encarna.
La derecha puede ser “popular” cuando sabe tocar las cuerdas de lo más negro de la psiquis humana, “virtud” que se potencia si se presentan las condiciones que favorezcan estados de psicosis colectivas. Los traumas institucionales y económicos sufridos por Italia en las dos últimas décadas generaron un suelo fértil para este tipo de propuestas.
El Fascismo, ideología y movimiento originalmente italianos, puede ser considerado una de las primeras derechas de masas de la historia. Benito Mussolini supo interpretar como nadie ciertos valores de las clases medias peninsulares, y como hombre proveniente de la militancia socialista, también encuadrar a parte del movimiento obrero a partir de la satisfacción de ciertas reivindicaciones históricas de la clase trabajadora.
Diríase que un fantasma recorre Europa, pero no ya el del Comunismo profetizado por Marx y Engels hace 160 años, sino del de un Neofascismo que adquiere los ropajes republicanos para pasar de contrabando sus consignas reaccionarias y hacerlas realidad a través de la legalidad del estado democrático de derecho.
Esta paradoja es el desafío que enfrenta la izquierda europea, al que todavía no le encuentra la vuelta, quizás porque se olvidó de abrevar en la añeja tradición de la lucha antifascista del período 1930-45. Esa generación de militantes e intelectuales comprendió que la idea de la democracia va siempre unida a la de justicia social, y el concepto de Nación a los valores universales de los Derechos Humanos que los vencedores de
Desafío planteado también para la progresia y la izquierda latinoamericanas: nunca pasó mucho tiempo entre la aplicación de ciertas ideas en el centro del sistema, y su traslado a la periferia.



